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Ejercicio para cada día del mes de Mayo

EJERCICIO DE LAS FLORES

* Por el P. Manuel María de Jesús
Fraternidad De Cristo Sacerdote y Santa María Reina

¡SALVE, MADRE!
EN LA TIERRA DE MIS AMORES
TE SALUDAN LOS CANTOS
QUE ALZA EL AMOR:
REINA DE NUESTRAS ALMAS,
FLOR DE LAS FLORES,
MUESTRA AQUÍ
DE TUS GLORIAS LOS RESPLANDORES,
QUE EN EL CIELO TAN SÓLO TE AMAN MEJOR.
VIRGEN SANTA
VIRGEN PURA
VIDA, ESPERANZA Y DULZURA,
DEL ALMA QUE EN TÍ CONFÍA,
MADRE DE DIOS,
MADRE MÍA,
MIENTRAS MI VIDA ALENTARE,
TODO MI AMOR PARA TÍ;
MAS SI MI AMOR TE OLVIDARE,
MADRE MÍA, MADRE MÍA,
AUNQUE MI AMOR TE OLVIDARE,
TÚ NO TE OLVIDES DE MÍ.




VIRGEN SENCILLA Y HUMILDE






 MES DE MAYO
Día 1

Virgen sencilla y humilde que por tu pequeñez conquistaste el corazón de Dios, haznos sencillos y humildes como Tú.

Transforma nuestros corazones vaciándolos de todo sentimiento de orgullo, de vanidad  y soberbia, haciéndolos rebosar  de bondad y de dulzura, de humildad y de agradecimiento.

Enséñanos a mantenernos como niños ante nuestro Padre Dios. Siempre agradecidos por la infinidad de sus dones que Él nos regala todos los días de nuestra vida. Y agradecidos con nuestros hermanos.
Haznos limpios de corazón para que sepamos ver el rostro de Dios en todos los que caminan a nuestro lado. Siempre dispuestos a perdonar, a excusar, a reconocer el bien y la bondad allí donde florecen. Siempre dispuestos a ahogar el mal con la fuerza del bien.
Fruto: la humildad



MARÍA, VASO DE ELECCIÓN




Flor de manzano

MES DE MAYO
Día 2

Tú eres, María, la elegida del Señor. Él te ha elegido entre todas las mujeres de la tierra derramando en tu corazón el torrente de sus gracias. Y Tú permaneces ante Él pequeña, humilde, agradecida.

Tú correspondes a su amor de elección entregándole por entero tu vida, tu alma, tu corazón. Tú correspondes con un SÍ generoso, pleno, sin reservas.

Recuérdanos siempre que cada uno de nosotros hemos sido elegidos y llamados con amor por nuestro Padre Dios, para ser santos e irreprochables ante Él por el amor.

Alcánzanos las gracias necesarias para poder ascender hacia la santidad y salir victoriosos de los lazos que el Maligno nos tiende.

Ayúdanos como Madre a pronunciar cada día el Sí del amor, a permanecer

 todos los días de nuestra vida en el amor de Jesús, que es el amor que

 recibimos del Padre y el amor con que amamos a los hermanos.


Fruto: aspirar a la santidad



MADRE DE LA CONFIANZA





Flor de frambuesa

MES DE MAYO
Día 3

“Bendito el hombre que confía en el Señor, y pone en el Señor su confianza. Será como un árbol plantado junto al agua, que alarga hacia la corriente sus raíces; nada teme cuando llega el calor, su follaje se conserva verde; en año de sequía no se inquieta ni deja de dar fruto” Jer 17, 7-8

Tú eres, oh María, la criatura que confía plenamente en el amor del Padre. Eres la Virgen que confía en la misiva que el Arcángel te acerca de parte de Dios. Y la Madre que confía en cada paso del Hijo Redentor, desde Belén hasta el Calvario.

Tú eres la Madre de la Confianza, modelo para nosotros de fe y de entrega a Dios. La que proclama y testimonia abiertamente que el Todopoderoso hace llegar su misericordia a su fieles de generación en generación.

Abre nuestros corazones a la confianza en Dios, en su amor y en su misericordia. Acrecienta como Madre en nosotros la semilla de la fe sembrada en nuestras almas por el santo bautismo. 
Enséñanos a confiar en el Padre como el niño que se abandona en los brazos de su madre, seguros siempre de su ternura y de su providencia amorosa. Así haremos el recorrido de nuestra vida tomados de su mano, confortados por su amor y confiados en sus entrañas de misericordia.


Líbranos de caer en la tentación de confiar en los ídolos de creación humana que no pueden salvar, porque únicamente quien confía en el Señor no quedará jamás defraudado.

Fruto: La confianza en Dios

MADRE DE LA ESPERANZA





Flor de Lis

Mes de mayo

Día 4

De tu fe firme y profunda, de tu confianza en el Señor, brota en Ti, oh María, como blanca flor de iris la esperanza.

Eres agraciada por Dios en tan alto grado que podemos felicitarte como la llena de fe, la llena de confianza, la llena de esperanza.

Dios se vuelca en Ti. Vierte en tu Corazón Inmaculado el regalo de sus gracias, y Él mismo se derrama y entrega en tu seno virginal transformándote en sagrario y morada de Dios.
Dios se te da y Tú correspondes dándote enteramente a Él.


Tu Corazón es sagrario de fe, de confianza, de esperanza.

Tu Corazón Inmaculado es sagrario divino, puerta del cielo siempre abierta para que nosotros, pobres pecadores, podamos entrar al encuentro de Aquél que por medio de Ti viene a nosotros en el nombre del Señor para sanarnos, purificarnos y agraciarnos.

¡Bendita Tú, oh María, Madre de la esperanza!

¡Bendita Tú, Oh María, Madre de Jesús!

¡Bendita Tú, Santa Madre de Dios y Madre de todos los hombres!

Disipa todas las oscuridades que se ciernen sobre nuestra alma y sobre nuestra vida y haz brillar en nosotros la luz radiante de la esperanza.< Disipa las tinieblas que amenazan nuestro mundo y haz que brille para todos el Sol de Justicia que es Cristo tu Hijo amado.

Enciende la llama de la esperanza en los corazones de los pobres, de los enfermos y angustiados, de los perseguidos y encarcelados, de los hambrientos y desterrados.
Haznos sembradores de esperanza llevando a todos nuestro hermanos el consuelo de Jesús, el ánimo de Jesús, la misericordia y la dulzura de Jesús.
Que la luz de Cristo, nuestra esperanza, se refleje a través de nuestras obras para así iluminar el mundo y ser fermento de justicia, de paz y de amor.
Madre de la esperanza, haznos desear cada vez más ardientemente alcanzar las promesas de Jesucristo tu hijo, a quien Tú nos llevarás y mostrarás después de este destierro, oh clementísima, oh piadosa, oh dulce Virgen María.


Fruto: la esperanza

MADRE DEL AMOR HERMOSO




Rosa

Mes de mayo
Día 5

Eres Madre del Amor Hermoso, María,  porque antes eres hija predilecta del Padre amoroso a cuyo amor correspondes con todas las fibras de tu ser, con amorosa obediencia y con la donación plena de tu libertad.

Eres Esposa fiel del Espíritu Santo, que es la Persona Amor que procede del Padre y del Hijo.

Eres Madre del Amor que nos amó hasta el extremo de entregar su cuerpo y derramar su sangre para que nosotros podamos tener vida y vida en abundancia: vida eterna.

Eres Madre del Amor, porque por puro amor nos has engendrado como hijos tuyos a los pies de la cruz de tu hijo amado. Verdadera y amorosa Madre nuestra que nos engendras a la vida de la gracia, sin rehusar las terribles espinas del dolor, de la entrega y de la oscuridad que se clavan punzantes en tu corazón fuerte y sensible de Mujer.

Necesitamos que nos recuerdes permanentemente que el amor es la única razón de nuestra existencia. Que el amor es la única ley que rige y gobierna  el universo entero. Que el amor es la única ley a la que se deben someter con entera libertad los seguidores de Cristo.

Graba, oh Madre, en nuestras mentes y en nuestro corazones de manera imborrable la ley suprema del amor.

Convéncenos, con persuasión maternal, que sólo el amor es la única y suprema verdad. Sólo el amor es la soberana hermosura y la sola belleza que puede embriagar plenamente el corazón humano. Que sólo en el amor se encuentra la verdadera libertad.

Fortalécenos para que no rehuyamos las espinas que conlleva el amor. Ellas son las que certifican la veracidad del amor, de la verdad y de la libertad, poniéndonos a salvo de los sucedáneos y de los oropeles que son pura fantasía en la que únicamente se esconden el vacío y la decepción.

Madre del Amor Hermoso, enséñanos a percibir el amor infinito con que Dios nos ama a través de las pequeñas cosas de cada día: el sol y el mar, las montañas y las estrellas, el aire y los ríos, las critauras y las personas que nos aman y alientan.

Haznos sentir toda la ternura del amor de Dios para que así también nosotros nos amemos como Él nos ama. Y que las espinas que a veces nos hieren no nos hagan dudar de su amor ni rechazar el amar a todos.

Fruto: el amor 

VIRGEN CREYENTE





Pasionaria

Mes de mayo
Día 6

Isabel, llena del Espíritu Santo,acogió a Maria en su casa saludándola con estas palabras: "¡Dichosa Tú que has creído! Porque lo que te ha dicho el Señor se cumplirá"(Lc 1, 45).

No fue, pues, Isabel sino el Espíritu Santo quien dio testimonio de la fe de María. 

Por encima de todas las virtudes y dones que adornan a la Virgen, Ella es ante todo la Virgen creyente, la Mujer de fe, la que se fía y confía plenamente en Dios, la que cree con fe firme en la Palabra de Dios.

Este es su rasgo principal, su virtud más profunda que posibilita después el resplandor de su esperanza y de su caridad ardiente.

La fe es la raíz que está plantada en Dios y se alimenta de su vida y de su Palabra. La esperanza es el tallo y la flor alimentados por la sabia de la fe. La caridad es el fruto dulce y jugoso que se manifiesta en actitudes y en obras de amor a Dios y al prójimo.

Es verdad que el don más alto recibido por María es el de ser la Madre de Dios, por pura gracia del Señor, por elección gratuita del Altísimo. Pero no es menos cierto lo que dice San Agustín, que María antes de haber concebido a Cristo en su vientre ya lo había engendrado en su corazón por su fe.
Todo es gracia de Dios en la vida de María, pero también todo en Ella es correspondencia plena a la gracia desde la fe.
La vida de María es un Sí permanente a Dios, pero un sí pronunciado no desde la visión de las cosas, ni desde la comprobación experimental o científica de las promesas. María responde desde la fe que no es consecuencia de la evidencia ni de la previa demostración de las cosas, sino  consecuencia de la actitud filial que la lleva a confiar en Dios y a corresponderle con todas sus fuerzas y con todo su corazón.
La vida de María, transcurre toda ella en el "claroscuro" de la fe. Su Sí a Dios  es pronunciado y renovado a lo largo de su vida en condiciones de profunda oscuridad, de dolor y sufrimiento, cuando la evidencia de los hechos parecen demostrar lo contrario a las promesas de Dios.
María es "peregrina de la fe" porque su vida es un ascenso constante hacia las cumbres de la confianza plena, de la donación personal, del abandono más absoluto en Dios aún cuando Ella está experimentando el vértigo existencial más profundo.
Jesús mismo, sin duda,  se refiere a su Madre cuando exalta y llama bienaventurados a los que escuchan la palabra de Dios y la cumplen.
María nos enseña con suavidad maternal que la fe es el tesoro escondido, es la perla preciosa enterrada en el campo y por lo que vale la pena venderlo todo y hacerse con el campo.


Fruto: la fe


MARÍA, PARAÍSO DE DIOS





Narciso

Mes de mayo
Día 7

Cuando contemplamos las maravillas de la creación nuestro corazón se siente embargado por la admiración, el estupor, el éxtasis.

No hay palabras para definir la belleza de un amanecer o de una puesta de sol, la inmensidad del firmamento plagado de estrellas lucientes, las olas batientes del mar que rompen contra el acantilado o aquellas otras que vienen a morir suavemente en la arena de la playa.

No es fácil transmitir las sensaciones que nos provocan la belleza delicada de la infinidad de flores, sus colores  y sus perfumes. Las montañas nevadas, los bosques y las selvas con su vegetación exuberante, el vuelo de las aves, el canto de los pájaros, el fragor de los ríos, la variedad casi infinita de especies animales.

En el libro abierto de la creación podemos entrever tan sólo un pálido destello de la belleza, de la sabiduría, de la dulzura y de la omnipotencia del Creador.

¿Y el ser humano con su memoria, su capacidad de razonar, su inteligencia, sus afectos, su sentimientos, sus cualidades para componer música y poesía, para pintar y esculpir y construir?

En todo ello podemos ver la mano de Dios, la obra de Dios.

Dios es el único que además de crear de la nada todas las cosas, ha podido también crear directamente a Aquella criatura elegida por Él desde toda la eternidad para ser la Madre de su Hijo hecho hombre, la Madre de Dios.

Después de Jesucristo, Hijo de Dios hecho hombre, no hay criatura alguna que pueda igualarse a María. Dios le ha comunicado todas las gracias y dones cuanto es posible recibir a una simple criatura humana. No le pudo dar más, porque ya no cabe más en su humanidad.

Por eso, si el valor de un ser humano cuya alma ha sido creada directamente por Dios de la nada, no se puede comparar en valor y en belleza a nada de cuanto observamos en esa creación tan maravillosa en medio de la cual vivimos, ¡cuál no habrá de ser la belleza de María!.

La belleza de nuestra Madre celestial reside sobre todo en su interior, en su alma, en su corazón.

"Dios ha hecho un mundo para el hombre peregrino, que es la tierra que habitamos; otro mundo para el hombre bienaventurado, que es el paraíso; mas para sí mismo, ha hecho otro mundo y lo ha llamado María; mundo desconocido a casi todos los mortales de la tierra, e incomprensible a los ángeles y bienaventurados todos del cielo" (San Luis María Grignion de Montfort".

También nosotros somos templos en los que habita el Espíritu Santo por la gracia. Estamos llamados a ser morada de Dios. Jesús nos dice: "Si alguno me ama, guardará mi Palabra, y mi Padre le amará, y vendremos a él, y haremos morada en él" (Jn 14,23)

Esta es nuestra vocación más alta, ser morada de Dios. Para esto hemos sido creados, para ser uno con Cristo y con el Padre en el amor del Espíritu Santo. Sólo Él puede comunicarnos la belleza divina que es el reflejo maravilloso de la vida de Dios en nosotros.

Dejémonos hacer y embellecer interiormente por el Espíritu Santo como María se dejó hacer sin ofrecer resistencias y colaborando plenamente con las gracias recibidas.

Líbranos, oh María, de caer en la tentación de la superficialidad, de vivir tan sólo de las apariencias, de entregarnos al materialismo.

Ayúdanos a descubrir el valor infinito de nuestra alma, de nuestro espíritu. Ayúdanos a desear ser bellos por dentro; a buscar por encima de todo la belleza interior que sólo la gracia divina nos puede procurar. 

Ayúdanos a valorar y desear alcanzar la verdadera riqueza y los únicos adornos dignos del ser humano que son las virtudes teologales, cardinales y morales.

Líbranos del neopaganismo que se manifiesta en el culto idolátrico al propio cuerpo y en el descuido del hombre interior llamado a ser imagen  viva de Cristo, perfecto Dios y perfecto hombre.

Fruto: la belleza interior por la práctica de las virtudes

MADRE DE LIMPIO CORAZÓN




Nenúfar


Día 8
Dice Jesús que "lo que sale del hombre, eso es lo que mancha al hombre. Porque es de dentro, del corazón de los hombres, de donde salen los malos pensamientos, fornicaciones, robos, homicidios, adulterios, codicias, perversidades, fraude, libertinaje, envidia, injuria, soberbia e insensatez. Todas estas maldades salen de dentro y manchan al hombre" ( Mc 7, 20-23)

Todo esto es consecuencia del pecado original que ha dejado herida y con fuerte atracción hacia el mal nuestra naturaleza humana. Y es consecuencia también de los pecados personales que van endureciendo cada vez más nuestro corazón haciéndolo insensible al bien y proclive al mal.
En definitiva, se trata de la presencia y de la acción de Dios en nosotros, o bien de nuestro alejamiento de Dios y del rechazo a su gracia y amistad.
María es la Mujer de Corazón Inmaculado, henchida de Dios, que se deja conducir por su acción y que vive en todo momento a la luz de su Palabra.
Es la Mujer de limpio y puro corazón porque participa de la santidad de Dios que ha encontrado en Ella un corazón enteramente libre y disponible para Él.
María es Madre Purísima porque  es toda de Dios, tres veces Santo. Y hacia Él tiene orientado su corazón y su vida.
El Corazón Inmaculado de María es como un odre siempre abierto para recibir gracia tras gracia que Dios le va comunicando. Y Ella no permite que se pierda ninguna de esas gracias. Las acoge con humildad y gratitud todas y cada una de ellas no de forma pasiva, sino haciéndolas producir el ciento por uno.
Es entre todas las criaturas la Bienaventurada por excelencia porque su radical fidelidad a Dios es fuente de gozo y de felicidad plena para Ella.
"Dichosos los limpios de corazón porque ellos verán a Dios"(Mt 5,8)
Cuando Dios habita en nosotros por la gracia santificante y nosotros cooperamos con Él y nos dejamos guiar por su mociones e iluminar por su luz, entonces se produce el milagro: Dios va purificando cada vez más nuestro corazón, nos va comunicando más abundantemente su vida, nos va iluminando interiormente cada vez con luz más clara y de esta suerte se produce en nosotros un cambio transcendental. Entonces, nos vamos acostumbrando a verlo todo no con la luz de nuestros ojos, sino con la luz de Dios que es límpida, pura y penetrante. Ya no nos quedamos en la apariencia ni en la mera exterioridad de las cosas, sino que acabamos descubriendo la huella de Dios y el reflejo de la bondad de Dios en las criaturas. Es esta la purificación que transformó al Pobrecillo de Asís hasta el punto de que el encuentro con cada criatura suscitaba en él un canto al Creador y Padre.
Oh María, Madre Purísima, dispón nuestros corazones para que el Espíritu Santo los transforme de corazones de piedra en corazones de carne. 
Alcánzanos las gracias necesarias para que adquiramos un corazón limpio y puro que llegue a aborrecer el pecado y el mal y a gustar del bien, de la bondad. Para ello suscita en nosotros el aprecio de los sacramentos y de la gracia que comunican, el gusto por la oración y la meditación de la Palabra.
Despierta en nosotros ansias de Dios, hambre de Dios.


Fruto: pureza de corazón
MADRE DULCÍSIMA



Orquídea

Mes de mayo
Día 9

Así como la luna refleja la luz del sol, así Tú María reflejas la luz de Dios.

El brillo de tus virtudes es la luz de Dios en Ti, y que a través de Ti nos ilumina también a nosotros.

La luz de Dios es cegadora, más que la luz del sol. Pero cuando esa luz nos llega a través de Ti, es luz cálida que no hiere los ojos, es suave y dulce.

Tu luz maternal ilumina las noches de nuestra vida haciéndonos llegar a través de Ti la ternura de Dios que endulza nuestras penas y pacifica nuestros corazones.

Es el nuestro un mundo convulso, lleno de inseguridades, oscurecido por las negras sombras del hambre y de la injusticia, amedrentado por la permanente amenaza del monstruo de la guerra, sometido a la tiranía de los odios, de los deseos de venganza, de las luchas de poder y donde proliferan la mentira, la calumnia, la difamación, las rivalidades y la falta de humanidad.

Es como si la luz de Dios hubiese sido ocultada por oscuros y amenazantes nubarrones.

¡Madre, vuelve a nosotros esos tus ojos misericordiosos y muéstranos a Jesús fruto bendito de tu vientre!

En este mundo que tanto hemos deformado y en el que nosotros mismos nos hemos dejado deformar por la acción siniestra del Príncipe de este mundo, haznos redescubrir, ansiar y gustar la belleza que nos disponga a desear vivamente el encuentro con la Hermosura Soberana que es, en definitiva, el ansia profunda del corazón humano, nuestra mayor necesidad consciente o inconsciente.

La belleza es el camino que va dilatando nuestro corazón para ir a Dios y hacernos sentir gusto, necesidad y ansias de alcanzar a Dios.

La dulzura es el fruto de la caridad que va instaurando y dilatando el reino de Dios en la tierra y en los corazones.

Atrae sobre nosotros el Espíritu Santo que nos haga gustar la verdad, el bien, la bondad, la dulzura, la belleza que es reflejo de Dios en este mundo.

Nos volvemos hacia Ti y te invocamos como Madre Dulcísima, porque sentimos todos la necesidad de ser amados, la necesidad de experimentar la ternura, la necesidad de espantar nuestros miedos e inseguridades. Esto sólo es posible si Tú nos llevas a Jesús, si Tú aliada con el Espíritu Santo como Madre que eres de la humanidad transformas nuestros corazones.

Fuera de la belleza, de la verdad, del amor y de la ternura no hay vida a la altura de la dignidad concedida por Dios al ser humano.

Infúndenos el espíritu de contemplación para que logremos discernir conforme a la verdad de Dios y nos entreguemos enteramente a Él y a su causa de regeneración de la humanidad caída.

Fruto: la belleza y la dulzura


NUESTRA SEÑORA DEL MAGNÍFICAT





Farolillo de los Cárpatos
Mes de mayo
Día 10
"Pues ¿quién te hace superior a los demás? ¿Qué tienes que no hayas recibido? Y si lo has recibido, ¿por qué presumes como si no lo hubieras recibido?" (1 Cor 4, 7)
Nuestro entorno nos empuja frecuentemente a asumir contravalores que están en contradicción con el mensaje de Jesús y con el estilo de vida cristiana. La competitividad sin escrúpulos y al margen de la caridad, la búsqueda del bien personal sin reparar en las necesidades del prójimo, el triunfo como medio para alcanzar poder, el egoísmo y la vanagloria, etc.
Cuando se oscurece la conciencia de Dios el ser humano se idolatra a sí mismo llegando a pensar que el mundo está en sus manos. Llega a pensar que a nadie le debe nada y que todo se lo debe a sí mismo, a su esfuerzo, a sus capacidades, a sus artimañas, a su fuerza o a sus golpes de suerte.
De esta forma se va haciendo cada vez más insensible, más orgulloso y vanidoso. Una vez más, se deshumaniza y se aleja de su crecimiento espiritual y de la vida sobrenatural la que llega a considerar innecesaria, inexistente.
En María, criatura en la que la humanidad alcanza su perfección por la gracia y los méritos de su Hijo, observamos la posición contraria.
Su punto de partida es siempre el de criatura humilde y agraciada. Es consciente en todo momento de que todo lo ha recibido de Dios y por eso no presume como si no lo hubiera recibido. Por el contrario, su clarividencia la mueve a vivir en constante acción de gracias: "Proclama mi alma la grandeza del Señor, se alegra mi espíritu en Dios mi Salvador, porque ha mirado la humildad de su sierva" (Lc 1, 47-48)
El reconocimiento de su pequeñez y el reconocimiento de que todo lo recibe como gracia y don de Dios hace nacer en Ella la alegría. Es la alegría de quien se siente amada sin medida, amada gratuitamente, amada por Dios que le manifiesta la inmensidad y la delicadeza de su amor en las mil y una cosas de cada día.
Acaso nuestra tristeza enfermiza tiene como raíz el olvido de nuestra condición de criaturas, de hijos muy amados de Dios que todo lo recibimos de su amor providente, desde los bienes naturales hasta las gracias sobrenaturales.
Madre agraciada y agradecida, enséñanos a gozarnos en nuestra pequeñez, a recibirlo todo como venido de la manos providente de nuestro Padre Dios. Enséñanos a ser agradecidos con Dios y con el prójimo para que así nos veamos libres de la sombras de la tristeza y el desencanto y gocemos de la perfecta alegría.
Fruto: Agradecidos con Dios y con el prójimo




Flor de romero
Mes de mayo
Día 11
Jesús nos dice a los cristianos: "En el mundo encontraréis dificultades y tendréis que sufrir, pero tened ánimo, yo he vencido al mundo" ( Jn 16, 33)
Y el Apóstol San Juan en su primera carta afirma: "Todo el que ha nacido de Dios vence al mundo; y esta es la fuerza victoriosa que ha vencido al mundo: nuestra fe. ¿Quién es el que vence al mundo, sino el que cree que Jesús es el Hijo de Dios? (1 Jn 5, 4-5)
En la vida de la Virgen observamos como Ella no se arredró ante las dificultades. Nunca se quedó paralizada ni ante los peligros, ni ante las circunstancias adversas, ni ante las mil contradicciones que se fue encontrando en su itinerario vital.
Desde su juventud María da muestras de una fortaleza extraordinaria y nada común. No se detiene ante los riesgos de ser incomprendida, abandonada, juzgada o condenada por los demás. Ni tan siquiera el futuro incierto que se le presenta la hace recapitular o quedarse en el cuarto de la salud.
¿De dónde le viene a María esta fortaleza tan extraordinaria? ¿De dónde esta fuerza para presentar cara a las dificultades sin dar un paso atrás?
No cabe la menor duda que le viene de su fe. Es apoyada, animada  sostenida en su fe como va haciendo frente a todas y cada una de las circunstancias.
Basta con asomarse a los evangelios para descubrir el talante de María. Lo descubrimos en sus palabras, en sus gestos y en su manera de estar presente en los acontecimientos.
Podemos definir el talante de María que es consecuencia y fruto de su fe y de su confianza en Dios. María es entusiasta y optimista.
En ningún caso mejor que este podríamos aplicar el dicho popular que dice, "de tal palo , tal astilla". ¿Acaso Jesús no se nos manifiesta embargado de entusiasmo y de optimismo ante la obra redentora de la que es protagonista y víctima?
He aquí, por lo tanto dos cualidades, dos frutos que produce la fe auténtica: el entusiasmo y el optimismo.
Quien no se entusiasma con el mensaje de Jesús, con su Buena Noticia, es que está muerto interiormente.
Quien no es optimista frente a los embates del Maligno y del mundo es que no confía suficientemente en la virtud salvadora de la Cruz y en la fuerza expansiva de la Resurrección.
Sin entusiasmo y sin optimismo no se puede ser discípulo ni apóstol de Jesús. Son condiciones indispensables para el apostolado y para afrontar las propias responsabilidades que cada uno tiene como cristiano.
Pidamos a María esos dos frutos.
Fruto: el entusiasmo y el optimismo que nacen de la fe

MADRE DE LA VERDAD



Belladona
Mes de mayo
Día 12
Jesús se presenta a sí mismo como el Camino, la Verdad y la Vida (cf. Jn 14,6). Y nos dice que el Padre quiere ser adorado en espíritu y en verdad (cf. Jn 4,24).
Por el contrario, cuando Jesús se refiere al Maligno dice de él que es mentiroso y el padre de la mentira (cf Jn 8,44).
El mandamiento del Padre es que andemos en la verdad.
Quien vive en la verdad y dice verdad, ese es de Cristo, es hijo de Dios.
Quien vive en la mentira y propaga la calumnia y la difamación respecto de su prójimo, ese no es de Cristo y se hace a sí mismo hijo del Maligno.
Allí donde reina la mentira está el reino de Satanás. El corazón mentiroso rebosa siempre de soberbia, de envidia, de deseos de venganza, de vanagloria. El corazón mentiroso es homicida porque da muerte a su prójimo, primero en su corazón y después con su lengua mentirosa. Por eso mismo, Jesús dice que Satanás es padre de la mentira y homicida.
El mentiroso no tiene en cuenta de que vive en la presencia de Dios que ve todas las cosas y conoce las profundidades de cada corazón. Se puede engañar a los hombres, pero es imposible engañar a Dios.
El mentiroso no se ama a sí mismo, no se acepta a sí mismo y mediante la mentira pretende destruir su imagen real para mirarse y presentarse ante los otros con una imagen ficticia. Le sobra soberbia y le falta humildad.
El corazón embustero es un corazón cobarde que al no aceptar su fragilidad proyecta sus culpas y pecados en su prójimo. No se acepta a sí mismo ni acepta a los demás.
Es envidioso y por eso se revuelve ante la suerte del prójimo tratando por todos los medios de ensuciar su nombre, destruir su reputación y dar muerte a su honra. El mentiroso es sembrador de muerte.
Quien se entrega a la mentira es como aquél que se mete en medio del fuego y acaba siendo consumido por las llamas.
El hombre mentiroso termina siempre por volverse un hombre de corazón perverso. 
Sobre la conciencia del embustero y calumniador pesará siempre la voz de Dios reclamándole, ¿dónde está tu hermano?.
En las antípodas del Maligno nos encontramos con María, criatura sencilla y humilde, que vive en la luz de la verdad, cuyas obras son según Dios que es luz y verdad, perdón y misericordia.
María no se entrega como el corazón soberbio a deseos que superan su capacidad. Ella se sabe criatura y no cede a la tentación de querer ser como Dios, la tentación a la que sucumbieron Adán y Eva.
María camina siempre en la luz y por eso experimenta siempre la alegría, aún en medio del dolor.
El embustero nunca es feliz y por eso a su alrededor sólo siembra tristeza, amargura y llanto.
Santiago en su carta nos dice: "si uno piensa que se comporta como un hombre religioso y no sólo no refrena su lengua, sino que conserva pervertido su corazón, su religiosidad es falsa" (Sant 1, 26)
Y el Apóstol concluye diciendo. "Pues tampoco un manantial salado puede dar agua dulce"(Sant 3,12).
A Ti acudimos, Madre nuestra, para que purifiques las aguas de nuestro corazón, para que sean aguas dulces, limpias de todo poso de soberbia y vanagloria, de maledicencia y de mentira.
Llévanos de tu mano por el camino de la humildad y de la verdad.
Fruto: la sinceridad





Azucena
Mes de mayo
Día 13
Te saludamos y felicitamos Madre, porque el Todopoderoso ha hecho obras grandes en Ti.
En previsión de los méritos de tu divino hijo te creó toda Pura preservándote de la mancha del pecado original. Te creó Inmaculada desde el mismo instante en que fuiste concebida en el seno materno de Santa Ana.
Tenía Dios designado que el Maligno no tuviese parte alguna en Ti, para que  fueses digna Madre de Dios y Madre de todos los renacidos a la vida de la gracia por la redención de Cristo, cuya virtud se comunica en el santo bautismo.
Eres Madre Inmaculada en tu cuerpo y en tu corazón. Así lo quiso Dios porque de Ti habría de nacer Aquél que mediante su cruz pisaría la cabeza de la serpiente infernal.
En Ti Cristo venció al Maligno derrotándolo mediante la gracia y abriendo para todo el género humano un camino de esperanza, de reconciliación y de salvación.
Si en el género humano abundó el pecado, por los méritos de Cristo sobreabunda la gracia en Ti y en todos los redimidos.
Esta sobreabundancia de gracia se manifiesta en Ti en tu Concepción Inmaculada -concebida sin pecado original- y en la Concepción virginal de Jesús, pues al concebirlo en tu seno Él no menoscabó tu integridad corporal sino que la santificó y por ello eres la "siempre Virgen María", virgen antes del parto, durante el parto y después del parto.
Contigo proclamamos la grandeza del Señor, admiramos las maravillas que ha obrado en Ti y que obra permanentemente en favor de  todos los hombres.
A Ti, Madre Purísima, acudimos confiados para que como Madre solícita veles por la pureza de nuestros corazones, pues sabes que nuestra naturaleza humana está herida por la culpa original.
Inspíramos verdadero amor a Cristo tu Hijo y que tengamos grande aprecio a los sacramentos a través de los cuales la gracia de Dios nos devuelve la inocencia perdida por el pecado.
Alcánzanos e infúndenos la gracia de la santa pureza, la virtud de la modestia y el pudor para que seamos templos dignos del Espíritu Santo.
Frutos: la santa pureza, la modestia y el pudor



Adelfa
Mes de mayo
Día 14
Te damos gracias, Señor, por habernos dado como Madre a tu propia Madre. Nos la diste por Madre cuando expirabas en la Cruz y mirando al Apóstol Juan, tu discípulo amado, nos mirabas a cada uno de nosotros, al tiempo que nos decías: "Ahí tienes a tu Madre"(Jn 19, 27).
El don de la Madre es el zenit de tu amor por nosotros. Así lo has querido expresar públicamente al hacernos su entrega cuando habiendo amado a los tuyos que estaban en el mundo los amaste hasta el extremo (Cf Jn 13,1).
Tu amor hasta el extremo por nosotros ha quedado sellado eternamente con la entrega de tu propia vida y con la entrega de tu Madre. En esa entrega total se nos revela y manifiesta el amor sin medida del Padre que nos da al Hijo Unigénito y por Él, con Él y en Él nos colma de gracia y bendición.
La maternidad espiritual de María forma parte esencial del designio de amor de nuestro Padre Dios. A través de Ella, de su corazón maternal, se nos acerca el amor de las tres divinas Personas. Es como la fuente que nos regala el agua del manantial que es Dios-Amor.
El santo evangelio nos dice que "desde aquella hora el discípulo la recibió como suya" (Jn 19, 27).
María es nuestra Madre en el orden de la gracia. Es Madre de los redimidos y Madre de todos los hombres, porque con su sí a Dios en la Encarnación, asociada a los dolores y sufrimientos de su Hijo, y con la donación de Jesús en la Cruz como Virgen y Madre oferente ha contribuido a la restauración de la vida sobrenatural en las almas.
Si por Eva entró la muerte en el mundo, por María nos vino la vida. Por eso es nuestra verdadera Madre, lo será siempre. Es Madre de los que la aceptan y de los que la rechazan, de quienes la aman apasionadamente y también de los hijos que le corresponden fríamente.  Es Madre de los santos, quienes han recibido las gracias de santificación a través de Ella que es la distribuidora universal de las gracias, y es Madre de los pobres pecadores por los que Ella no cesa de interceder y actuar para alcanzar su conversión y su salvación eterna.
Te damos gracias, Madre y te bendecimos por tu amor maternal que nos acompaña a lo largo de todos los días de nuestra vida.
Te damos gracias por darnos constantemente a Jesús, fruto bendito de tu vientre, nuestro hermano y nuestro Salvador.
Te damos gracias porque como Madre nos enseñas con dulzura a corresponder al amor del Padre, a recibir a Jesús y ser sus discípulos, y a ser dóciles al Espíritu Santo que lleva a cabo en nosotros la obra de santificación y de transformación en Cristo.
Hoy te pedimos que acrecientes en todos nosotros el amor filial a Dios nuestro Padre y a Ti nuestra tierna Madre.
Un amor filial que nos mueva tener verdaderos comportamientos de hijos y de hijos muy amados.
Un amor filial que fortalezca también entre todos los lazos fraternos.
Un amor que no se quede en palabras vacías sino que se traduzca en frutos de vida cristiana, en frutos de vida eterna.
Fruto: el amor filial a María





Eglantina
Mes de mayo
Día 15
"El que no carga con su cruz y viene detrás de mí, no puede ser discípulo mío" (Lc 14, 27), dice Jesús.
En otro pasaje del santo evangelio se nos recuerda la condición del discipulado de Cristo: "Por el amor que os tengáis los unos a los otros reconocerán todos que sois discípulos míos"(Jn 13,35).
María es la primera y más perfecta seguidora de Jesús. Es la primera y la más aventajada en el discipulado de Cristo, por ello es la mejor Maestra de vida cristiana.
De nadie, como de María, podemos aprender el seguimiento de Cristo. Y es a través de María que también podemos alcanzar las gracias necesarias para ser auténticos discípulos del Maestro.
María siempre nos lleva a Cristo y Cristo siempre viene a nosotros a través de María.
En Ella encontramos hecha vida la doble condición del discipulado tal y como expresa Jesús. Aunque hablando con más propiedad esa aparente doble condición es una sola; serían como las dos caras de una misma moneda.
Lo vemos reflejado en la vida de Cristo y en la vida de su Madre, fiel seguidora del Hijo.
Se trata del amor y de la cruz. 
La cruz sin el amor es una maldición.
El amor sin cruz no sería real, se confundiría con el sentimentalismo ineficaz, estéril, superficial y pasajero.
El amor encierra en sus entrañas semillas de eternidad, mientras que el sentimentalismo dura lo que tarda en desvanecerse la emoción.
Necesitamos aprender de Cristo y de María las grandes lecciones acerca del amor.
Necesitamos, sobre todo, experimentar en lo profundo de nuestra alma el amor de Dios que se da, que se entrega, que se renuncia a sí mismo, que muere para que nosotros tengamos vida.
Esto sólo es posible mediante una gracia, un don de Dios.
Esta gracia Dios no nos la niega, porque verdaderamente "el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones con el Espíritu Santo que nos fue dado"(Rom 5,5).
Sin embargo es del todo preciso nuestra colaboración con la gracia en cada paso del camino.
Madre, renueva en nuestros corazones la gracia del amor que el Espíritu Santo nos ha infundido.
Enséñanos a amar, aceptando que la cruz forma parte del amor. Que el amor conlleva la necesidad de renuncia, de entrega, de donación y sacrificio.
Enséñanos que el amor y la cruz no son contrarios a nuestras ansias profundas de felicidad, sino por el contrario son fuente de felicidad verdadera.
Haznos capaces de experimentar la fuerza y la ternura del amor de Dios que se nos manifiesta en tu Hijo amado, pudiendo exclamar:"Me amó y se entregó por mí" (Gal 2, 20). Y que la fuerza de su amor nos transforme y nos cambie.
Fruto: aceptar la cruz que conlleva el amor verdadero



Jacinto
Mes de mayo
Día 16
Deberíamos adquirir la costumbre de pedir cada día a nuestra Madre la Virgen la virtud de la santa perseverancia.
Tanto en lo que se refiere a nuestra vida temporal como a la vida sobrenatural, uno de nuestros mayores enemigos es la falta de constancia.
Si hacemos examen de conciencia nos sorprendemos de cuántas torres comenzamos a edificar y a levantar a lo largo de nuestra vida y se han quedado a medio hacer. Comenzamos a construir y no concluimos la obra proyectada, con el consiguiente desperdicio de energías, tiempo e ilusiones.
Uno de nuestros mayores fracasos es la falta de constancia, la falta de perseverancia en el bien obrar.
Es cuestión de exigencia personal, de autodominio, de falta de orden y previsión, también de no dejarse llevar por la inmediatez ni dejarse dominar por los estados de ánimo.
Para adquirir una virtud es necesario la repetición constante de actos referidos a esa virtud. De esa forma, la constancia en la repetición de dichos actos va creando en nosotros hábitos y actitudes que se van enraizando en nuestra voluntad haciéndola cada día más fuerte.
La vida espiritual no se edifica sobre el aire sino sobre nuestra personalidad, sobre nuestra humanidad.
Para crecer en la vida espiritual es del todo indispensable la perseverancia. 
Dios pide nuestra colaboración con la gracia que Él nos otorga gratuitamente. Y nuestra forma de colaborar es perseverando en el bien obrar.
El Señor nos llama a la santidad, a sabiendas de que es una montaña de altura desproporcionada para nuestras flacas fuerzas, pero Él nos asiste con su gracia y con su auxilio, porque sin Él no podemos hacer nada. Es por ello que debemos conservar el espíritu de infancia espiritual ante Dios, confiando en Él, confiando en su perdón y en su misericordia, levantándonos siempre que caigamos y yendo a echarnos rápidamente sobre sus brazos paternales.
La santidad no se adquiere en un día al igual que la perfección. De lo que se trata es de no abandonar, de no tirar la toalla, de ponerse en pie cada día y caminar, siempre caminar hacia Él.
Tengamos siempre presente que "el que persevere hasta el fin, ese se salvará" (Mt 10, 22)
Madre, concédenos el don de la santa perseverancia hasta el último momento de nuestra vida. Perseverantes en la fe, perseverantes en la esperanza y en el amor a Dios y al prójimo.
Fortalécenos para que perseveremos contigo cada día en la oración, y así nuestro corazón esté abierto para recibir los dones y las gracias del Altísimo.
Que no desfallezcamos ante las dificultades, y sobre todo que nunca abandonemos el seguimiento de Cristo.
Que seamos constantes en todo lo bueno que comencemos para que nuestro espíritu se vaya fortaleciendo cada vez más.
Que tus hijos no seamos como la hoja movida por el viento, a merced de nuestras pasiones desordenadas, de nuestros gustos y caprichos, de las modas pasajeras, de las ideologías ni de las provocaciones del Maligno.
Haznos fuertes como árboles bien plantados al lado de las corrientes de agua para que demos los frutos que Jesús espera de nosotros.
Sosténnos para que perseveremos hasta el fin. 
Frutos: la constancia y la santa perseverancia





Girasol
Mes de mayo
Día 17
Igual que el girasol va siguiendo permanentemente la dirección de la estrella solar abriéndose a Él, así María con su corazón siempre abierto a la luz de Dios, a su amor, a su gracia.
María, como el girasol, cierra su corazón a la oscuridad del mal, a las tinieblas del Maligno, a las sombras del pecado.
Ella es la Virgen fiel, la Virgen leal que vive en todo momento dirigida hacia Cristo su Hijo, Sol de justicia.
Su mirada está en todo momento puesta en Dios y por eso nadie como Ella tan pendiente de  las necesidades de los hombres, tan presurosa para acudir en ayuda de quien la necesita, tan dispuesta para socorrer las necesidades del prójimo. Y es que vivir con la mirada puesta en Dios no nos aleja de nuestros hermanos, por el contrario nos hace tener un corazón más abierto para acogerlos, y un corazón cerrado a toda forma de egoísmo personal.
María vive con su corazón puesto en Cristo. Le sigue con su mirada contemplativa para alimentarse de su Verdad y le sigue, sobretodo, con su corazón para alimentarse de su amor.
La lealtad tiene que ver con la fidelidad, con la  amistad y también con el honor.
¡Valores de los que estamos tan necesitados!
¡Valores que tanto escasean!
Pisoteamos la fidelidad a Dios y al prójimo con la bota de la falsa libertad.
Escupimos a la amistad con la traición envuelta en papel de falsas excusas.
El honor es palabra que  no aparece en muchos diccionarios personales.
María es fiel a su Dios, coherente con su fe.
María es consecuente con sus ideales.
María se compromete con Dios y con el prójimo con todas las consecuencias, sin cambiar de rumbo cuando cambian los vientos, sin dar la espalda cuando cambia la fortuna o cuando el horizonte se oscurece.
María es la criatura que siempre mira de frente, que no da la espalda, que no vende al prójimo ni por unas monedas ni a cambio de un halago.
María pronunció un SÍ y lo mantuvo desde Nazaret, pasando por el Calvario y hasta el fin.
Los caminos de María fueron siempre caminos rectos porque en su corazón fiel y leal no hay repliegues, ni sombras, ni dobles intenciones.
Virgen leal, haznos leales como Tú. Leales a Dios, a nuestros hermanos y amigos, a nuestros principios y a nosotros mismos.
Enséñanos a vivir mirando siempre a Cristo con corazón abierto y a cerrarnos a toda oscuridad que viene del Maligno.
Fruto: la lealtad




Lirio
Mes de mayo
Día 18
San Francisco de Sales nos enseña que "la devoción no es más que una agilidad y una viveza espiritual, por cuyo medio la caridad hace sus obras en nosotros, o nosotros por ella, pronta y afectuosamente, y, así como corresponde a la caridad el hacernos cumplir general y universalmente todos los mandamientos de Dios, corresponde también a la devoción hacer que los cumplamos con ánimo pronto y resuelto. Por esta causa, el que no guarda todos los mandamientos de Dios, no puede ser tenido por bueno ni devoto, porque, para ser bueno es menester tener caridad y, para ser devoto, además de la caridad se requiere una gran diligencia y presteza en los actos de esta virtud".
Enseña, además, este Santo Doctor de la Iglesia que la devoción "nos incita a hacer con prontitud y afecto, el mayor número de obras buenas que podemos, aun aquellas que no están en manera alguna mandadas, sino tan sólo aconsejadas o inspiradas".
¿No es verdad que tenemos un falso concepto acerca de lo que es verdaderamente la devoción y en qué consiste? 
¿No confundimos la devoción con una serie de ideas que tan sólo son una caricatura deformada de la misma?
Son muchos los que confunden la devoción con las devociones privadas. Y son muchos los que desconocen que no se puede ser buen cristiano si no se es un cristiano piadoso. Donde no hay piedad jamás podrá haber santidad, pues la devoción es la perfección de la caridad.
Fijémonos lo que dice el mismo San Francisco de Sales: "Si la caridad es la leche, la devoción es la nata; si es una planta, la devoción es la flor; si es una piedra preciosa, la devoción es el brillo; si es un bálsamo precioso, la devoción es el aroma, el aroma de suavidad que conforta a los hombres y regocija a los ángeles".
Podemos observar como en la base de la devoción está el amor de Dios que llamamos caridad, y como el cristiano devoto se conoce realmente por su estilo de vida:
"El azúcar endulza los frutos verdes y hace que no sean desagradables ni dañosos los excesivamente maduros. Ahora bien, la devoción es el verdadero azúcar espiritual, que quita la aspereza a las mortificaciones y el peligro de dañar a las consolaciones; quita la tristeza a los pobres y el afán a los ricos, la desolación al oprimido y la insolencia al afortunado, la melancolía a los solitarios y la disipación a los que viven acompañados; sirve de fuego en invierno y de rocío en verano; sabe vivir en la abundancia y sufrir en la pobreza; hace igualmente útiles el honor y el desprecio, acepta el placer y el dolor con igualdad de ánimo, y nos llena de una suavidad maravillosa".
Esta diligencia para hacer el bien y practicar la virtud la vemos encarnada en la Santísima Virgen cuando se pone en camino para ayudar a su prima Santa Isabel. A pesar de su estado Ella acude con presteza a las montañas de Judea ofreciéndose como servidora a quien la necesita.
Vemos el brillo de la devoción verdadera también en la vida de San José, siempre disponible y dispuesto para responder amorosamente a todos los desafíos que en la vida de la Sagrada Familia se van presentando.
María y José obran en todas las cosas con prontitud y con amor, tanto en las cosas más sencillas y cotidianas, como en aquellas que requieren el ejercicio de las virtudes heroicas. 
Ellos no se conforman con mínimos, no se quedan en el límite justo entre el bien y el mal, por el contrario se adentran con ánimo y con gran resolución por los caminos de la entrega total y del amor sin condiciones ni reservas de ningún tipo. ¡Eso es la devoción! 
San Francisco de Sales la llama la reina de las virtudes, precisamente por ser la perfección de la caridad.
Para alcanzar esta perfección en el amor se necesita vivir muy atentos a las mociones que el Espíritu Santo nos va sugiriendo de continuo en el centro de nuestra propia alma. Y ser dóciles a sus mociones.
El Santo Espíritu soplará con fuerza y nos guiará por las sendas del amor. Él es el único capaz de infundirnos esa diligencia y esa prontitud para que todo lo hagamos por amor a Dios y buscando glorificarle en todas las cosas, comenzando por aquellas más sencillas y cotidianas como son el cumplimiento de nuestras obligaciones de estado: obligaciones familiares, laborales, sociales, etc. Pero para que el soplo del Santo Espíritu pueda movernos requiere que nosotros tengamos desplegadas las velas de nuestro corazón. Es entonces como avanzaremos y nos adentraremos en el océano inmenso y maravilloso de la santidad.
Pidamos la gracia de ser verdaderamente devotos a Nuestra Madre María y al Glorioso San José.

Fruto: la devoción





Tulipán

Mes de mayo
Día 19
La primera oración que aprendemos siendo niños, junto con el Padre nuestro, es el Ave María. De esa forma tan natural vamos creciendo con la conciencia de que tenemos e el cielo un Padre que nos ama y una Madre que vela por nosotros con ternura.
Dios es nuestro Padre y ha querido que en el orden sobrenatural no carezcamos de una Madre que nos engendra a la vida de la gracia y que a lo largo de nuestra vida nos dispensa todos los cuidados para que esa vida sobrenatural crezca, se desarrolle y logremos alcanzar la vida eterna.
Ese es el plan de salvación trazado por Dios. No hay otro. Por eso María es la Madre de todos los hombres.
En esa oración tan entrañable la saludamos utilizando las mismas palabras con las que el Arcángel San Gabriel la saludó en la Anunciación: Ave Maria, llena de gracia.
Se entiende por gracia divina o gracia santificante un favor o don gratuito concedido por Dios para ayudar al hombre a cumplir los mandamientos, salvarse o ser santo, como también se entiende el acto de amor unilateral e inmerecido por el que Dios llama continuamente las almas hacia Sí.
La Virgen recibió del Señor todas las gracias que Cristo obtuvo mediante su obra Redentora. En María todo es gracia y virtud, lo cual no la eximió de la necesidad de su colaboración con las gracias recibidas. Esta colaboración hizo meritorias ante Dios toda y cada una de sus obras interiores y exteriores.
El haber recibido en plenitud la gracia no supone que Ella lo tuviese más fácil que nosotros, por el contrario requirió de Ella el ejercicio de todas las virtudes en grado heroico, un grado de heroicidad muchísimo más elevado que el ejercitado por cualquiera de los santos. Ella es la Reina de todos los Santos porque los supera a todos en gracia y en el grado de correspondencia a la gracia. María correspondió a cada una de las gracias recibidas con absoluta perfección.
Ejercitó la fe, la esperanza, la caridad y todas las virtudes en grado sumo y perfectísimo. Por eso es para nosotros "Modelo de entrega a Dios" e "Ideal de santidad".
El desconocimiento de esta colaboración de María con las gracias recibidas es el falso argumento utilizado por Satanás para enfriar la devoción a María en muchas almas. Estas almas ignorantes piensan que la Virgen no tuvo méritos ya que recibió todas las gracias y virtudes de Dios. Desconocen que la gracia exigía su colaboración, que Ella ofreció con toda su alma, con toda su mente, con todo su ser a disposición de Dios.
Desconocen estas almas cuya devoción a la Madre es más bien tibia, que si a María le fue dado más que a cualquier otra criatura y más que a todos los santos juntos, también se le exigió más que a cualquier otra criatura y más que a todos los santos juntos.
A quien mucho se le dio  mucho se le exigió y a quien más se le dio más se le exigió. A nuestra Madre se le dio y se le exigió el mucho y el más, es decir, el todo.
No solamente se le dieron en plenitud las gracias, sino que le fue dado como hijo a Aquél que es el autor mismo de la gracia. No cabe más en criatura humana.
Al meditar estas verdades de fe hemos de pensar que la gracia de Dios es indispensable para tener vida sobrenatural en nosotros, para poder ejercitar las virtudes y toda clase de buenas obras. La gracia de Dios es indispensable para poder alcanzar la salvación, la vida eterna.
Para todo ello necesitamos la gracia y necesitamos corresponder, cooperar para que así nuestras acciones sean meritorias y medio para alcanzar la salvación.
En orden a la salvación nada podemos hacer por nosotros mismos. Sin Cristo y sin su gracia no podemos hacer nada. Es esta una de las verdades fundamentales más olvidadas y desconocidas hoy en día.
El buenismo es un engaño pernicioso. La vida sobrenatural y la salvación eterna no se alcanzan por no ser malos o por no hacer grandes y terribles cosas malas. Sólo hay un medio que es la gracia divina y la correspondencia del ser humano a la gracia.
El canal ordinario y principal de la gracia no es otro que los sacramentos. A través de ellos recibimos objetivamente todas las gracias necesarias para salvarnos. Luego falta nuestra cooperación ejercitando la virtud -Mandamientos de la ley de Dios, obras de misericordia, ejercicio de las virtudes teologales, cardinales y morales; vivencia de las bienaventuranzas-  y combatiendo el mal.
Te pedimos, Madre, que nos enseñes a valorar la gracia divina como la mayor y única riqueza que verdaderamente necesitamos. Que nos otorgues toda la fortaleza para corresponder a la gracia de Dios y resistir al maligno, y todo el entusiasmo y empuje para desear y realizar el bien siguiendo las huellas de Cristo tu hijo.
Fruto: Valorar debidamente y colaborar con la gracia divina para salvarnos




Calas
Mes de mayo
Día 20
No reparamos lo suficiente en que nuestra vida cristiana, la vida sobrenatural y divina que nos fue infundida en el santo bautismo, es eso: vida.
La vida cristiana al igual que toda forma de vida y todo cuanto existe tiene su origen en Dios que es la fuente de la vida. ¡Dios es la Vida! De sus manos ha salido todo cuanto existe.
Sin embargo, Dios ha querido hacer partícipe al género humano de su misma vida, la vida divina.
Es a esta vida divina a la que Jesús se refiere cuando dice a Nicodemo: "Yo te aseguro que el que no nazca de nuevo no puede ver el reino de Dios. Nicodemo repuso:
 ¿Cómo es posible que un hombre vuelva a nacer siendo viejo? ¿Acaso puede volver a entrar en el seno materno para nacer de nuevo?
Jesús le contestó:
Yo te aseguro que nadie puede entrar en el reino de Dios, si no nace del agua y del Espíritu" (Jn 3, 3-5)
Esta vida nueva fue infundida en nuestra alma cuando recibimos el santo bautismo. Mediante él fuimos engendrados por el Espíritu y renacidos a la vida sobrenatural.
En ese nuestro renacer tuvieron parte María como Madre  y el Espíritu Santo como Señor y dador de vida.
Resulta que la vida divina es, por decir de alguna manera, nuestra vida más importante, nuestra vida verdadera, porque es vida eterna.
La vida terrenal, física, es perecedera y temporal. La vida divina no se acaba.
Pero nosotros, infelices, cuidamos y nos desvivimos por nuestra vida terrenal, por nuestras necesidades físicas y descuidamos la vida verdadera.
¡Es una aberración! Pero nos comportamos de esa forma irracional y temeraria.
María, nuestra Madre, cuida de nuestra vida sobrenatural. Intercede ante el Espíritu Santo para que con su luz y sus mociones nos haga ver la verdad y nos mueva a cuidar con mimo la vida divina que hay en nosotros.
María nos da ejemplo de prudencia, de responsabilidad, de cordura. Como Madre y Maestra nos enseña a ir a Jesús, porque en Él está la fuente de la vida eterna: "el que beba del agua que yo quiero darle, nunca más volverá a tener sed. Porque el agua que yo quiero darle se convertirá en su interior en un manantial del que surge la vida eterna" (Jn 4, 14)
Dios pone a nuestra disposición todos los medios necesarios para que podamos crecer y desarrollar la vida sobrenatural.
Esos medios Jesús los ha entregado a la Iglesia para que ella nos los dispense y así nuestra vida eterna esté asegurada.
Pidamos a María que no deje que despreciemos ni descuidemos esos medios. Que no seamos tan inconscientes como para poner en peligro la vida sobrenatural que es el fruto de la muerte de Cristo por nosotros. Él murió y resucitó "para dar vida a los hombres y para que la tengan en plenitud"( Jn 10, 10).
Triste y dura es la queja de Jesús: "vosotros no queréis aceptarme para tener vida eterna"( Jn 5, 40). 
Por eso, nuestra Madre nos urge: "Haced lo que Él os diga"(Jn 2, 5). Porque como Madre no puede querer otra cosa que el crecimiento de nuestra vida sobrenatural.
María como Madre no permanece indiferente a nuestro destino eterno. Ella quiere que vivamos eternamente. Que la vida que Ella engendró salga adelante y llegue a buen término. El Señor nos ha confiado en sus manos maternas. No soltemos su mano. No nos alejemos de Ella. Acojamos sus llamadas maternales. Recurramos a Ella en las tentaciones, peligros y cansancios.
María quiere que acudamos frecuentemente al Sacramento de la Penitencia y a  la Sagrada Comunión. Que dediquemos cada día un tiempo para la oración. Que dediquemos tiempo a adorar a Jesús presente en la Sagrada Eucaristía. Que leamos y meditemos la Sagrada Escritura. Que recemos el Santo Rosario. Que hagamos lectura espiritual.
María quiere, en fin, que pongamos más interés en el crecimiento y cuidado  de nuestra vida sobrenatural que aquél que ponemos para cuidar nuestra vida física y terrenal.
Frutos: Poner los medios para el crecimiento de nuestra vida sobrenatural.


TRONO DE LA SABIDURÍA



Iris
Mes de mayo
Día 21
En las letanías lauretanas invocamos a María como Trono de la Sabiduría, porque engendró primero en su corazón y luego en su seno al Verbo de Dios, Segunda Persona de la Santísima Trinidad.
María no se limitó a ser mera portadora de la Sabiduría para en un momento determinado alumbrarla al mundo como si fuese un instrumento pasivo en las manos de Dios.
El Señor preparó el alma de Maria para ser digno Trono de la Sabiduría, porque esta "no entra en alma perversa, ni habita en cuerpo esclavo del pecado" (Sab 1, 4).
Pero María la deseó con todas sus fuerzas y se dejó modelar y hacer por Dios para ser digno trono: "Por eso rogué, y me fue dada la prudencia; supliqué, y vino a mí el espíritu de sabiduría.
La he preferido a los cetros y a los tronos, y  a su lado en nada he tenido la riqueza.
Ni siquiera la he comparado a la piedra más preciosa, pues todo el oro ente ella es un poco de arena, y a su lado la plata no pasa de ser lodo.
La he amado más que a la salud y a la belleza, y la he preferido a la misma luz, porque su resplandor no tiene ocaso.
Todos los bienes me han venido con ella, tiene en sus manos riquezas innumerables.
Son fuente de gozo, porque los trae la sabiduría, aunque yo no sabía que ella era su madre.
La aprendí con sencillez, sin envidia la comparto, y no escondo a nadie sus riquezas" (Sab 7, 7-13)
Ella comparte con nosotros la Sabiduría porque de sus manos hallamos a Cristo nuestro Dios. Ella no esconde a nadie las riquezas de su Hijo, por el contrario desea que nosotros nos enriquezcamos con sus dones, con su luz, con su gracia y con su vida divina. 
En su vida, María no se conduce a merced de sus sentimientos, ni se guía apoyada únicamente en la luz de su inteligencia. Ella vive de la fe y permite que la luz de la sabiduría sea la que guíe y conduzca todos sus pasos.
Así, también nosotros hemos de conducirnos con el orden establecido por Dios: que la luz de la Sabiduría - la luz de la Revelación- ilumine nuestra inteligencia, y esta sea la que dirija nuestra voluntad hacia Dios y hacia el bien.
El cristiano ha de tener unos parámetros que no son los del mundo. No ha de dejarse llevar por opiniones de las mayorías, ni ha de dejarse conducir por los principios de las ideologías.
Cristiano es aquél que camina iluminado por Cristo que es el Camino, la Verdad y la Vida. Por Cristo que es la Sabiduría de Dios y que se nos ha revelado y manifestado para mostrarnos el camino de la verdad y de la vida.
En la medida en que nos dejamos iluminar por Cristo, dejamos de pensar como los hombres que no tienen fe y pasamos a juzgar y valorar las cosas desde el punto de vista de Dios, tal y como Él las juzga y valora. Es así, cuando entonces nuestra vida discurre toda ella bajo la luz de Dios.
Pidamos a María que despierte en nosotros el ardiente deseo de la Sabiduría, prefiriéndola y amándola más que todas las cosas.
Fruto: Dejarse guiar por la Sabiduría de Dios

MADRE DE MISERICORDIA



Lilas 
Mes de mayo
Día 22
Entre todos los atributos de Dios, este de la misericordia es sin duda el más atractivo y consolador para el corazón humano. Pero es quizás también el más admirable.
Dios Todopoderoso se inclina hacia nosotros, se compadece de nuestras miserias y trata de aliviarlas. Su amor le lleva a perdonar y remediar nuestros pecados.
Dios nos entrega su corazón, a nosotros que somos desgraciados a consecuencia de nuestros pecados y de nuestras maldades. Y con su corazón nos rodea de compasión, de indulgencia y de perdón.
Por su infinita misericordia el Señor nos trata con amor a quienes estamos lejos de su amor y nos hemos comportado como enemigos de ese amor divino.
Es tan grande y misterioso el amor de Dios hacia el género humano que Él mismo se hace hombre para remediar nuestras desgracias, para sacarnos del hoyo mortal y elevarnos a una vida nueva. 
Dios quiere hacernos uno con Él: "Yo te desposaré para siempre, te desposaré en la justicia y el derecho, en el amor y la misericordia" (Os 2, 21).
La Sagrada Escritura nos revela cómo es la misericordia de Dios hacia nosotros. Así nos dice: "La misericordia del Señor no se extingue ni se agota su compasión" (Lam 3, 22). Y también: "Él tiene misericordia con los que aceptan la instrucción y están siempre dispuestos a cumplir sus decretos" (Ecli 18, 14).
El Nuevo Testamento es la plenitud de la Revelación del amor de Dios y de su misericordia, hasta el punto que Jesús mismo es la misericordia encarnada. Todas sus palabras, gestos y actitudes son revelación de su corazón misericordioso. Su evangelio, es evangelio de la misericordia.
Al proclamar las bienaventuranzas, Jesús exclama: "Felices los misericordiosos, porque obtendrán misericordia" (Mt 5, 7) Y en sus invectivas contra los fariseos y los escribas les dice abiertamente: "¡Ay de vosotros, escribas y fariseos hipócritas, que pagáis  el diezmo de la menta, del hinojo y del comino, y descuidáis lo esencial de la Ley: la justicia, la misericordia y la fidelidad! Hay que practicar esto, sin descuidar aquello" (Mt 23, 23).
La misericordia es una de las señales, o más bien la gran señal, de la llegada y de la instauración del reino de Dios: "Id  y aprended qué significa: Yo quiero misericordia y no sacrificios. Porque yo no he venido a llamar a los justos, sino a los pecadores" (Mt 9, 13).
Entrar en el reino de Dios inaugurado por Cristo supone entrar en esta onda de su misericordia infinita, acogiendo con estupor y gratitud la misericordia con que Dios nos rodea y convirtiéndonos también nosotros en instrumentos de su misericordia en favor de todos los hombres, "Porque el que no tiene misericordia será juzgado sin misericordia, pero la misericordia se ríe del juicio" (Sant 2, 13).
María es testigo y embajadora de la misericordia divina. Ella testimonia con sus palabras y con su vida la misericordia que Ella misma experimenta en lo profundo de su alma.
María no puede ni quiere callar el testimonio de la misericordia divina, por ello proclama abiertamente: "Su nombre es santo, y es misericordioso siempre con aquellos que le honran" (Lc 1, 49-50). "Tomó de la mano a Israel, su siervo, acordándose de su misericordia, como lo había prometido a nuestros antepasados, en favor de Abrahán y de sus descendientes para siempre" (Lc 1, 54-55)
La Santísima Virgen experimenta en su vida la misericordia del Padre. Ella acoge en su seno a Aquél que es la Misericordia divina y lo da al mundo.
El gran testimonio de la misericordia de María se realiza cuando Ella ofrece al Padre a su Hijo que se inmola en la cruz por nosotros y por nuestra salvación. Como Madre de misericordia consiente, ofrece y participa en aquél holocausto de amor y de misericordia.
María es nuestra Dulcísima Madre de misericordia porque siendo pecadores  nos acepta y nos recibe como hijos suyos.
El ejercicio de su misericordia maternal se renueva a cada momento por su intercesión constante en nuestro favor, por su mediación ante su Hijo para alcanzarnos las gracias que necesitamos y distribuirlas maternalmente.
El ejercicio de su misericordia se renueva al renovar Ella misma la ofrenda de su Hijo y su ofrenda personal cada vez que  en el altar se renueva el Sacrificio de la Cruz.
María es nuestra Madre de misericordia, siempre dispuesta a acoger a sus hijos pecadores para llevarlos hasta Jesús.
Fruto: Acoger la misericordia  divina y ser misericordiosos.




Camelias

Mes de mayo
Día 23
Es en el invierno que los camelios nos regalan su flor. Cuando la naturaleza parece estar muerta por la crudeza del invierno las camelias vienen a alegrarnos con su delicada belleza.
Así también nuestra Madre María se hace especialmente presente a nuestro lado cuando llega el rígido invierno a nuestra vida y a nuestro corazón.
María nos acompaña en los momentos de tribulación y de angustia, en las circunstancias duras y difíciles cuando nos vemos sumidos en la noche del dolor. María nos hace notar su presencia maternal en las horas de amargura y llanto.
Ella es la Madre que viene a derramar el bálsamo del consuelo y de la dulzura sobre nuestras llagas y heridas.
Es especialmente en esas horas de dificultad que resuenan en lo íntimo del corazón las palabras que Cristo nos dirige a cada uno con amor inmenso: "Hijo, ahí tienes a tu Madre"(Jn 19, 27)
A lo largo de la historia los cristianos y la Iglesia no han dudado en acudir a María en los momentos de especial dificultad, y la Madre siempre ha escuchado el clamor de sus hijos mostrándose como Auxilio, Socorro, Abogada y Mediadora nuestra ante su Hijo.
En el invierno de las almas y de la Iglesia, Ella ha hecho y hace florecer siempre su ternura maternal.
San Luis María Grignion de Montfort dice  que "María debe resplandecer más que nunca en misericordia, en poder y en gracia, en estos últimos tiempos".
No es extraña esa convicción del Santo de la Verdadera Devoción y de la Santa Esclavitud mariana.
María resplandece hoy más que nunca en misericordia porque la debilidad de sus hijos es extrema al diluirse la conciencia de pecado, al crecer y fortalecerse las estructuras de pecado, al apagarse la luz de la fe en muchos corazones, y al vivir sumergidos en un ambiente en el que la tentación y el pecado acechan con especial virulencia a los hijos de Dios.
Esta Madre misericordiosa nos llama constantemente a que nos volvamos a Dios, a que no dudemos de su perdón y de su gracia, a que nunca desesperemos de alcanzar la salvación eterna por los méritos y por la gracia de su Hijo.
Hoy María se manifiesta especialmente pendiente de los pobres pecadores con el firme propósito de que no se pierda ninguno de sus hijos. Para cada uno de ellos tiene Ella preparado el bálsamo de la misericordia y de la compasión.
María resplandece ya hoy con un poder especial que el Señor le ha otorgado para pisar la cabeza de la serpiente infernal.
En la medida en que crece el poder del Maligno sobre el mundo, en mayor medida aún crece el poder otorgado por Dios a la Mujer vestida de Sol. Es de esta forma que Dios quiere humillar y vencer al Maligno mediante su humilde sierva, la criatura elegida para ser Madre de Dios y de los redimidos.
¡Esta es la hora de María! La hora en que hemos de permanecer a su lado, bajo su protección, pendientes de sus labios y de su corazón inmaculado.
María resplandece, en fin, más que nunca en esta hora en gracia para fortalecer a sus hijos frente a las embestidas del Mal.
Ella es la Distribuidora universal de las gracias, de esas gracias que necesitamos para salir vencedores de cada una de las batallas de Dios; vencedores de los terribles asaltos a nuestra fe.
En nuestra Madre encontraremos la misericordia, el poder y la gracia que necesitamos para perseverar hasta el fin y salvarnos.
Fruto: Vivir unidos a María nuestra Madre




Flor de loto
Mes de mayo
Día 24
"Porque un niño nos ha nacido, un hijo se nos ha dado. Sobre sus hombros descansa el poder, y es su nombre: Consejero prudente, Dios fuerte, Padre eterno, Príncipe de la paz" (Is 9, 5)
Con estas palabras profetiza Isaías refiriéndose al Mesías que habrá de venir.
Jesús es el Príncipe de la Paz. "Dios, en efecto, tuvo a bien hacer habitar en él la plenitud, y por medio de él reconciliar consigo todas las cosas, tanto las del cielo como las de la tierra, trayendo la paz por medio de su sangre derramada en la cruz" (Col 1, 19-20)
El evangelio -Buena Noticia- de Jesucristo es "el evangelio de la paz"(Ef 6, 15). Y todos aquellos "quienes mediante la fe hemos sido puestos en camino de salvación, estamos en paz con Dios a través de nuestro Señor Jesucristo" (Rom 5, 1).
Vemos, por lo tanto, como la Sagrada Escritura es clara respecto al don de la paz como fruto de la sangre derramada por Cristo y de la reconciliación obrada por él mediante su cruz.
Es Cristo el artífice de la reconciliación entre Dios y los hombres cuyo fruto inestimable es la paz.
La paz es mucho más que un saludo del Resucitado. Es el gran don que Cristo vencedor del pecado y de la muerte ofrece a sus discípulos y a todos los que hemos sido puestos  en camino de salvación mediante el don de su gracia, mediante el don de la fe.
La paz, fruto de la reconciliación llevada a cabo por Cristo, ha sido el gran don añorado por la creación entera y sigue siendo la aspiración de todos los hombres de buena voluntad.
Que la paz es don de Cristo resucitado, fruto de su entrega y de su holocausto de amor ofrecido en la cruz, queda reflejado en la petición humilde que realizamos cuando en la Santa Misa invocamos con la fe de la Iglesia: "Cordero de Dios que quitas el pecado del mundo, danos la paz".
El reino de Cristo es un reino de justicia y de paz. De justicia, porque nos exige reconocer nuestra condición de criaturas y la soberanía de Dios aceptando sus mandamientos y su voluntad; tributándole el culto que sólo a Dios es debido. De justicia, porque nos exige reconocer la imagen de Dios en nuestro prójimo y el respeto por su dignidad.
Un reino de paz que es fruto de la reconciliación con Dios, con los demás y con nosotros mismos.
Ser cristiano exige vivir como instrumentos de reconciliación y de paz entre todos los hombres. Anunciar el evangelio de la paz mediante el ejercicio del  perdón, de la misericordia, de la justicia y del amor.
Ser cristiano exige el firme compromiso de trabajar a diario por la extensión del reino de Dios para que así florezca la paz.
María, en cuanto Madre de Cristo es Reina de la Paz. A través de Ella nos ha sido dado el Príncipe de la Paz, el artífice de la Paz.
María ha contribuido como Madre asociada al Redentor a la obra de la reconciliación, y por lo tanto a la adquisición del don del Resucitado para el género humano. Ella, también mediante su discipulado, ha sido en todo momento artífice y sembradora de paz.
Una paz que sea auténtica, plena y duradera sólo es posible como don de Dios. Sólo es posible en la medida en que todos abramos nuestro corazón a  la gracia de Cristo y mediante Él nos dejemos reconciliar con Dios, lo cual nos llevará infaliblemente a la reconciliación con el prójimo.
Si el Señor ha puesto todos los dones y todas  las gracias en las manos de María, para que Ella las distribuya al género humano, le ha confiado especialmente el don de la paz.
¿Quién es el artífice de toda división y enfrentamiento entre los hombres? No es otro que el padre de la mentira, el que es homicida, enemigo declarado de Dios y del género humano. Él, con su actividad perversa, tentadora y maléfica, es el que lucha por suscitar toda clase de odios, de enfrentamientos, de guerras, revoluciones y violencias.
Es por ello que Cristo ha otorgado a María el don de la paz junto con el poder para vencer, humillar y desenmascarar al instigador.
María, derrotará a Satanás y a sus ejércitos infernales con el poder que Cristo le ha otorgado.
La Beata Jacinta de Fátima, insistía al final de sus días a su prima Lucía: " Recuerda a todos que deben pedir la paz al Inmaculado Corazón de María. Es a Ella a quien Dios le ha confiado el don de la paz. Que se la pidan a Ella".
Pidamos, pues, a nuestra Señora el don de la paz para la Iglesia y para el mundo entero. 
Que Ella nos otorgue esa paz, única que puede mantener unidas las familias. Única que puede mantener unidos a los padres con sus hijos y a los hijos con sus padres. Única que puede obrar el milagro de fraternidad entre los hombres y las naciones.
Pidamos que nos otorgue a todos los seguidores de Cristo el don de ser instrumentos de paz y de reconciliación. Que nos libre de ser causa y responsables de cualquier tipo de división, de discriminación, de violencia, de injusticia hacia nuestro prójimo.
Fruto: Ser apóstoles del evangelio de la paz.





Azahar
Mes de mayo
Día 25
"Dad y se os dará: os verterán una medida generosa, colmada, remecida, rebosante; porque con la medida con que midáis, Dios os medirá a vosotros" (Lc 6, 38). Este es el consejo que Jesús nos da a sus seguidores. Se trata de una llamada a salir de nosotros mismos, a ir despojándonos de toda forma de egoísmo y abrir nuestro corazón a la generosidad.
La generosidad de Dios no tiene límites. Podemos comprobarlo sólo con mirar a la creación. Todo cuanto existe está dando testimonio de un Creador espléndido, generoso y magnánimo.
La creación es obra de un Dios que sale de Sí mismo para volcarse en sus criaturas haciéndolas participar de su bondad, de su sabiduría, de su belleza; en definitiva de su felicidad.
Pero esta generosidad de Dios adquiere una dimensión insospechada cuando el Verbo de Dios se hace hombre. El eterno entra en el tiempo y se somete a la muerte. El Creador se hace criatura. El que es rico se hace pobre.
“Cristo, a pesar de su condición divina, no hizo alarde de su categoría de Dios;  al contrario, se despojó de su rango y tomó la condición de esclavo, pasando por uno de tantos. Y así, actuando como un hombre cualquiera, se rebajó hasta someterse incluso a la muerte, y una muerte de cruz” (Fil 2, 6-8).
La infinita generosidad de Dios brilla  con claridad ante nuestros ojos al contemplar la encarnación del Hijo.
La creación y la encarnación redentora tienen su razón de ser en el misterio del amor de Dios que estalla en generosidad infinita al obrar todo ello por nosotros y por nuestra salvación.
Creados a imagen y semejanza de Dios nuestra verdadera naturaleza es tener un corazón generoso, alejado de todo egoísmo, libre de egocentrismo, vacío de intereses y actitudes mezquinas. Pero no es así, ya que como consecuencia del pecado original nuestra naturaleza ha quedado corrompida, enferma y malherida.
A pesar de ello, la voz de Dios sigue resonando en la conciencia de todo ser humano llamándonos al bien, a la bondad y a la generosidad.
La gracia de Dios viene en nuestra ayuda para disponernos y fortalecernos en la senda del bien. Es así, que colaborando con la ayuda medicinal de la gracia, nuestro corazón herido puede ir abriéndose cada vez más por la senda de la generosidad y del don de sí mismo a Dios y a los hermanos.
¡Podemos dar tantas cosas! Comenzando por las posibilidades que cada día nos va ofreciendo. Comenzando por saber entregar y compartir nuestro tiempo; prestar nuestra atención y nuestra ayuda a quien nos necesita; poner al servicio de los otros nuestras capacidades; compartir nuestros bienes con los necesitados.
Podemos dispensar con generosidad nuestro perdón a quienes nos ofenden; saber disculpar y ser comprensivos; no juzgar al prójimo y desterrar de nuestro corazón la vanidad, la soberbia, el rencor y la envidia.
Este ejercicio cotidiano posibilita el parecernos cada vez más a Dios. Progresivamente iremos escalando por la senda de la perfección, que es la senda del amor, e iremos alcanzando la cima de la auténtica generosidad que consiste en darnos y entregarnos a nosotros mismos.
No es necesario más que abrir los santos evangelios para descubrir en Jesús y en María, también en San José, la perfección lograda de unos corazones generosos que se entregaron por completo, sin reservas, a la causa de Dios y a la causa de los hombres: la causa del amor.
Con la medida con que midáis, Dios os medirá a vosotros, nos dice Jesús. Advertencia necesaria para quien opta por vivir desde los cálculos humanos, desde una prudencia egoísta o desde el quedarse siempre en el cuarto de la salud. Cada uno sabe con que medida Dios le medirá.
Pero, quien opta por vivir desde el crecimiento permanente en la entrega de sí mismo y en la generosidad sin cálculos hacia los demás, puede aguardar confiado una medida generosa, colmada, remecida, rebosante.
Fruto: La generosidad



CONSUELO DE LOS AFLIGIDOS




Amapola
Mes de mayo
Día 26
Invocamos a María con este hermoso título, "Consuelo de los afligidos". En realidad no es un título. Suena mal, aplicado a cualquier madre y todavía más a la Madre del Cielo.
¡Es una realidad! Una actividad permanente que nuestra Madre nunca deja de llevar a cabo, consolar a sus hijos afligidos, enjugar las lágrimas de nuestro corazón, soplar dulcemente sobre las heridas que escuecen nuestra alma, estrecharnos fuertemente contra su Corazón Inmaculado.
¿Quién sino María, nuestra Madre, es la buena samaritana que nos encontramos en todos nuestros caminos, siempre dispuesta a socorrernos, consolarnos y sanar nuestras dolencias más íntimas y profundas?
El Corazón Inmaculado de María es un pozo rebosante de aguas que van creciendo en la medida en que Ella va recogiendo todas y cada una de las lágrimas de todos los que formamos esta pobre humanidad.
Ella no deja que se pierda ninguna de esas lágrimas y las une a las suyas y a las de su Hijo para que el amor sepulte bajo sus aguas todo egoísmo, toda maldad, toda iniquidad.
¿Cómo consuela María a sus hijos? Envolviéndonos en su amor, arropándonos en su ternura casi infinita, y sobre todo acercándonos a Aquél que es el médico y la salud de todos nosotros, su divino Hijo Jesucristo.
Parece que el Corazón de María hubiese sido creado por Dios especialmente para ejercer ese ministerio de la consolación sin el cual nuestra vida sería como una tierra en la que jamás brillase el sol.
Sin sus consuelos maternales nos moriríamos de frío y desamor.
¿En que fuentes hace Ella acopio de las aguas de la consolación que luego distribuye en todos los corazones? 
María recibe permanentemente el torrente del amor divino, el caudal de la misericordia infinita de nuestro Dios y deja que ese amor pase incontaminado a través de Ella para regar de consuelo y de paz nuestros corazones.
La Virgen Santísima no es tan sólo el consuelo de todos aquellos que experimentan el dolor de las llagas de la aflicción.
¡María es también la gran consoladora del corazón herido de Dios!
Misteriosamente, nuestro Dios conoce también el ardor de las llagas de la aflicción. ¡Misterio desconcertante!
¿Quién sino María infundió en el corazón del pequeño Francisco de Fátima la aspiración de buscar por encima de todas las cosas consolar a Nuestro Señor, tan ofendido por los pecados de la humanidad!
Ella transformó al pequeño en un místico de la consolación y del amor herido de todo un Dios que no sabe otra cosa que amar, porque Dios es solamente Amor.
¿Cómo consuela María a Dios? Siendo toda Ella puro amor de Dios. Obrando en todo con el único deseo de agradar a Dios, de adorarlo, de alabarlo, de ensalzarlo y glorificarlo. 
Dios recibe de María la correspondencia plena al amor con que Él inunda su criatura.
En Ella encuentra Dios el consuelo del amor que desgraciadamente no recibe de nosotros.
María, criatura del Señor, es una llama de amor viva y ardiente que hace las delicias de su Dios. Y en su amar y corresponder trata de compensar y suplir toda nuestra frialdad, nuestra ruindad para con Dios.
Nuestro amadísimo Juan Pablo II, el esclavo de amor de María, invitó a todos los miembros de la Iglesia a acudir a la escuela de María para ser formados por Ella, como lo fueron los pastorcitos de Fátima. Porque es en la escuela de María donde se pueden aprenden los misterios de Dios acomodados a la pobre capacidad humana.
Es en la escuela de María donde a los pequeños y a los humildes se les revelan los secretos del reino que permanecen escondidos para los sabios y entendidos.
Como cristianos, hijos de Dios e hijos de María, somos llamados a vivir y ejercitar este ministerio de la consolación.
¡Consolad a vuestro Dios! Este fue el llamamiento del ángel a los pastorcitos en la tercera aparición de Fátima.
¡Consolad a vuestro Dios! Es el grito del cielo que retumbó en la Serra de Aire y que a través de los pequeños videntes hoy resuena en la tierra entera y en los corazones que están atentos a la voz de Dios.
"¡Ten compasión del Corazón de tu Santísima Madre. Está cercado de las espinas que los hombres ingratos le clavan a cada momento, y no hay nadie quien haga un acto de reparación para sacárselas!" Escuchó la pastorcita de Fátima, Hermana Lucía,  ahora ya  Religiosa en el Convento de Pontevedra.
El cielo nos llama a ejercitar cada día a todos, niños, jóvenes y adultos, el ministerio de la consolación. Consolar a nuestro Dios, consolar a nuestra Madre, consolar a todos aquellos que encontramos en el camino de nuestra vida y que están necesitados de nuestro amor, de nuestra palabra cálida, de nuestro ánimo,de nuestra ayuda. 
¡Consolar a Dios y a María mediante el consuelo que ofrecemos a nuestros hermanos! ¡Todo un programa de vida cristiana!
"Bendito sea Dios, Padre de nuestro Señor Jesucristo, Padre misericordioso y Dios de todo consuelo. Él es el que nos conforta en todas nuestras tribulaciones, para que, gracias al consuelo que recibimos de Dios, podamos nosotros consolar a todos los que se encuentran atribulados" (2 Cor 1, 3-4).
Fruto: Ejercer como cristianos el ministerio de la consolación.


VIRGEN CONTEMPLATIVA

Adonis
Mes de mayo
Día 27
“Y María conservaba todas estas cosasmeditándolas en su corazón”(Lc 2, 19). 
Es suficiente esta frase del evangelista san Lucas para definir la personalidad de María, para permitir que nos asomemos al misterio de su corazón.
El corazón representa nuestro propio ser, nuestro mundo interior, lo más íntimo de nosotros mismos.
No es lo mismo vivir desde la mera exterioridad de lo sensorial que vivir desde el corazón.
Quedarse en la esfera del mundo de nuestros sentidos corporales es optar por lo superficial, es vivir sin hondura ni profundidad. Uno existe, sin más. Va de una experiencia a otra sin más calado. Es un desconocido para sí mismo, desconocedor de los otros y de la entraña profunda de los acontecimientos.
Puede sorprendernos caer en la cuenta de la necesidad imperiosa que tenemos de tomar conciencia de que somos corazón. Tomar conciencia de la potencialidad de nuestro espíritu, de las riquezas insospechadas de nuestra alma, del inmenso mundo interior  que hay dentro de nosotros -o que somos nosotros mismos-.
Podemos optar por consumir nuestra existencia pasando de un día a otro, de una persona a otra, de un acontecimiento a otro, así hasta que se acabe. O podemos optar por vivir a fondo, desde el corazón, desde la interioridad, entrando en la profundidad de cuanto nos rodea y nos sucede.
Vivir desde el corazón nos posibilita descubrir y asomarnos al misterio maravilloso de nuestra personalidad, de la existencia a la que hemos sido llamados. Nos permite descubrir el don de cada segundo de vida, el contenido que puede aportarnos cada una de nuestra vivencias y la riqueza que puede ofrecernos el encuentro personal con los otros.
Cuando se vive desde el corazón la existencia se torna verdaderamente apasionante, con sus momentos de felicidad y con aquellos otros de dolor y sufrimiento. Nuestra mirada se hace permanentemente nueva, lo que nos permite descubrir y disfrutar la realidad novedosa de una inmensidad de matices que encierran las cosas de cada día. Esto nos libra del tedio y nos abre al misterio de la gratuidad de Dios que se esconde detrás de cada persona y de cada acontecimiento.
La existencia se oscurece cuando no se vive desde el corazón: "Dichosos los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios"(Mt 5,8)
El evangelista nos dice que María conservaba y meditaba las cosas en su corazón. No pasaba por encima de los acontecimientos y de los encuentros personales con los otros como quien pisa sobre ascuas.
El pisar de María sobre la existencia era un pisar con aplomo, con solidez. Así le era posible encontrase con Dios a cada paso que daba, descubrir sus huellas, percibir su aroma, interpretar sus designios amorosos.
Su mirada penetrante de mujer creyente era una mirada mucho más profunda que la que se hace con la simple vista de los ojos. María veía y leía los acontecimientos desde su corazón. Un corazón iluminado por la luz de la fe, por la presencia de Dios en Ella.
Necesitamos aprender a mirar nuestra vida como María lo hacía. Estamos necesitados de esa luz, de ese saber mirar con mirada profunda. Sólo así podremos penetrar en la lógica de Dios, una lógica siempre amorosa, razón por la cual nuestra vida está preñada de gozo y dolor al mismo tiempo.
La mirada del corazón es mirada contemplativa que nos hace posible experimentar en el alma el escalofrío producido por la admiración y por el estupor al descubrir que somos tiernamente amados, inmensamente amados, sin mérito de nuestra parte, por pura gracia.
Es esa mirada contemplativa la que nos permite percibir como todo lo que somos y nos rodea está sustentado realmente por el amor, pese a la labor nefasta del príncipe de este mundo y de nuestro pecado.
Es mirando desde el corazón que todo a nuestro alrededor se transfigura permitiéndonos adivinar en nuestra realidad las huellas inconfundibles del Amado:
"Mil gracias derramando,
pasó por estos sotos con presura,
y yéndolos mirando,
con sola su figura
vestidos los dejó de hermosura" 
(Cántico espiritual. Fray Juan de la Cruz) 
Pidamos a María la gracia de saber conservar en el santuario de nuestro corazón la memoria de las acciones amorosas de Dios en favor nuestro, la memoria de su obra redentora, la memoria de los innumerables dones que de Él recibimos permanentemente.
Pidamos a María la gracia de un corazón contemplativo que sabe mirar a Dios y a los hermanos; que sabe, sobre todo, entrar en comunión de amor con Dios y con los hermanos.
Fruto: Adquirir un espíritu contemplativo.

VIRGEN FUERTE




Edelweiss
Mes de mayo
Día 28
En las Letanías lauretanas invocamos a María como "Turris davídica" -Fuerte como Torre de David-. En efecto, la Virgen Santísima, fue  ungida con los siete dones del Espíritu Santo, entre los que se encuentra el don de fortaleza.
María no hubiera podido llevar a cabo la voluntad de Dios sobre Ella, concretada en su ser Madre del Verbo encarnado, Corredentora del género humano y  fiel seguidora de Cristo, sin la efusión del Espíritu con todos sus dones sobre su alma.
Así como la flor Edelweiss florece en la cima de las montañas Alpinas desafiando los rigores del frío, de los vientos y de la nieve. Así María había de florecer como Virgen y Madre en medio de incontables tribulaciones, padecimientos y dificultades de todo tipo.
Con su fe y con su fortaleza María desafío al Maligno y al mundo derrotándolos y venciéndolos en su corazón y en su vida.
También sus hijos hemos de sufrir los embates de los tres enemigos de nuestra salvación: el mundo, el demonio y la concupiscencia de la carne.
La vida del cristiano no es un viaje placentero por este mundo. Se trata, por el contrario, de abrirse paso en medio de una permanente batalla contra esos tres enemigos. Nos referimos al combate espiritual que el cristiano ha de librar todos los días de su vida para permanecer fiel a Cristo, para cumplir la voluntad de Dios y ascender hacia las cumbres de la santidad.
Como la Edelweiss florece en medio de un clima recio y hostil, así las virtudes del cristiano han de florecer en condiciones de hostilidad, de dificultades, persecuciones y  permanentes tentaciones.
La Palabra de Dios nos advierte: «No es nuestra lucha únicamente contra la sangre y la carne, sino contra los espíritus malignos» (Ef 6,12). Y el Apóstol San Pedro, al igual que San Pablo, nos amonesta: «Estad, pues, alerta y vigilantes, que vuestro adversario el diablo, como león rugiente, anda rondando y busca a quién devorar. Resistidle fuertes en la fe, considerando que los mismos padecimientos soportan vuestros hermanos dispersos por el mundo» (1Pe 5,8-9).
No podríamos tener esperanza de salir victoriosos de las pruebas si no contásemos con los dones del espíritu Santo, en este caso con el don de fortaleza.
¡Sin Cristo no podemos hacer nada! Es tan sólo con la gracia de su Espíritu que podemos vencer y desafiar a los enemigos de nuestra salvación: «Yo todo lo puedo en Aquél que me conforta» (Flp 4,13), exclama el Apóstol San Pablo.
 El que nos conforta en toda tribulación no es otro que el Espíritu Santo que Jesús nos envía desde el Padre. Él nos asiste y fortalece humanamente, por la virtud infusa de la fortaleza, y sobrenaturalmente, por el don de fortaleza.
De nuestra parte hemos de colaborar con el Santo Espíritu mediante el ejercicio de las virtudes y también con otros medios como son: el amor a Cristo crucificado y a la Virgen Dolorosa, la mortificación del espíritu y de los sentidos corporales, la aceptación de la cruz de cada día, el ejercicio de la paciencia en medio de las contradicciones y la obediencia a Dios, a la Iglesia, a los superiores y al director espiritual.
Tengamos siempre presente que,  «los que quieran ser fieles a Dios en Cristo Jesús tendrán que sufrir persecución» (2Tim 3,12), además de luchar contra nosotros mismos y contra los asaltos del Maligno, porque si somos de Cristo estamos en el mundo, pero no somos del mundo.
La virtud de la fortaleza es necesaria, junto al auxilio de la  gracia de Dios, para que cada uno pueda llevar a cabo las exigencias propias de su vocación y de su estado de vida.
Este don del Espíritu lleva a perfección en nosotros la virtud de la fortaleza y nos ayudará a practicar con prontitud, seguridad y perfección todas las virtudes en todas las circunstancias.
Pidamos a María que nos asista en la práctica de la virtud, que nos ayude en el combate espiritual y que atraiga sobre nosotros el Santo Espíritu para que nos fortalezca con sus dones.

Fruto: La fortaleza

MODELO DE ENTREGA A DIOS




Dimorphoteca
Mes de mayo
Día 29
Los santos evangelios apenas nos refieren unas pocas palabras pronunciadas por María. Sin embargo, Ella es la más grande y perfecta evangelizadora después de Cristo.
El mismo Jesús pasó la mayor parte de su vida en la aldea de Nazaret y dedicó a la evangelización directa tan sólo los tres últimos años de su vida.
Sin duda alguna, la enseñanza por parte de Jesús y de María para nosotros es clara. La evangelización se lleva a cabo no sólo con palabras, ni fundamentalmente la fuerza está en las palabras.
Ciertamente la misma Sagrada Escritura nos enseña que "fides ex auditu", "la fe viene de lo que se oye" (Rom 10, 17). Y, sin embargo, no hay contradicción entre lo que dice la Escritura y los ejemplos de Jesús y María.
El evangelio se proclama con palabras - el anuncio del Kerigma-  y con obras -el testimonio de la propia vida-.
Jesús y María proclamaron la Buena Nueva en todos los momentos y circunstancias de su vida, la mayor parte del tiempo sin palabras, pero con el testimonio permanente de sus obras, actitudes y comportamientos. Y evangelizaron desde su profunda vida de oración, de unión íntima con el Padre, de apertura y obediencia a su voluntad.
Todos los bautizados, incluidos los niños, tenemos el compromiso de ser evagelizadores, testigos de Cristo, testigos del amor del Padre que ama a todo el género humano y llama a todos a la salvación.
«Dios quiere que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la verdad» (1 Tim 2,3) Para ello se quiere valer de nosotros, de tal forma que su mensaje y su acción salvífica pueda llegar hasta los confines de la tierra.
Todos deberíamos sentir el celo por la salvación de todos los hombres, por la evangelización y la extensión del reino de Dios. 
"Cáritas Christi urget nos" - “El amor de Cristo nos urge”- (2Co 5,14) Debería urgirnos la caridad auténtica y sentir en nosotros el fuego del amor de Dios, lo cual consiste en hacer lo que está a nuestro alcance para que Dios sea conocido, amado, adorado y glorificado por todos los hombres de toda la tierra.
El celo por la extensión del reino y por  la salvación de todos los hombres debe llevarnos a seguir los ejemplos de Jesús y de María.
Lo primero es pedir al Padre que venga a nosotros su reino. Pedir con perseverancia que todos los corazones se abran a la luz y a la gracia del evangelio.
Luego está el testimonio de nuestra vida cristiana allí donde discurre la vida de cada uno. Dar testimonio en todos los ambientes: la familia, el trabajo, los amigos, etc. Un testimonio que consiste en la práctica de lo que Cristo nos ha mandado: "En esto conocerán todos que sois mis discípulos, si os amáis los unos a los otros" (Jn 13, 35)
¡El testimonio del amor! No se trata, pues, de otra cosa. No consiste el testimonio en una doctrina complicada y extraña. Se trata de la doctrina del amor, de la misericordia, del perdón, de la justicia; pero todo ello testimoniado con nuestro ejemplo. 
El testimonio cristiano ha de partir siempre de la humildad. No nos anunciamos a nosotros mismos. Ni siquiera anunciamos a la Iglesia. ¡Nosotros predicamos a Cristo crucificado! (1 Cor 1, 23).
Testimoniar a Cristo desde la humildad significa aceptar uno mismo, y dejar claro a los otros, que todo cristiano vive a lo largo de toda su vida en espíritu de constante conversión a Dios. La vida cristiana no es un moralismo ni un puritanismo. La Iglesia no es el club de los perfectos y de los santos, sino la familia de los hijos de Dios, el arca en la que viajamos todos los pecadores que deseamos ser sanados y santificados por Cristo.
Por ello, dentro del testimonio de vida, es de capital importancia este testimonio de la humildad que puede animar a quien se siente pecador como nosotros a dejarse reconciliar con Dios, sanar y curar por Cristo, y caminar en compañía de los hermanos en el ascenso hacia la santidad.
Y, finalmente, está el testimonio de la palabra que consiste en dar razón de nuestra fe y de nuestra esperanza en Cristo a todo el que nos lo pidiere. Para ello hemos de conocer nuestra fe, los misterios de la vida de Cristo, la historia de nuestra salvación, los medios que tenemos para santificarnos. Y sobre todo conocer a Cristo resucitado por el trato y la unión íntima con Él.
Sólo podremos sentir el celo por la extensión del reino de Dios y por la salvación del género humano, si previamente el alcanzar la salvación eterna es el objetivo prioritario de nuestra vida. De no ser así, nada se podría esperar de nosotros.
Pidamos esta gracia a María. Que Ella nos ayude a ser evangelizadores y testigos de su Hijo desde la humildad.
Fruto: El celo por la salvación del prójimo





Gerbera
Mes de mayo
Día 30
Fiel es aquella persona sobre "la que puedes apoyarte". Fiel es la persona "digna de confianza", "la que permanece", aquella en la que encuentras "ayuda".
La Historia de la Salvación evidencia la fidelidad de Dios para con el género humano. Dios se revela como el Dios de la Alianza que permanece siempre fiel a su pueblo elegido, aún cuando su pueblo le responde con la infidelidad.
"Es doctrina segura: Si con él morimos, viviremos con él; si con él sufrimos, reinaremos con él; si lo negamos, también él nos negará; si somos infieles, él permanece fiel, porque no puede negarse a sí mismo" (2 Tim 2, 11-13)
Dios permanece siempre fiel porque Dios es Amor y no puede negarse a sí mismo. La fidelidad es el sello de contraste que garantiza la verdad del amor.
El Señor encontró en María una criatura enteramente fiel a su amor. Tan digna de confianza como para encomendarle a su propio Hijo y encomedarle la misión materna sobre su Iglesia y sobre el mundo entero.
Dios se apoyó en el Sí de María para llevar a cabo su obra redentora, el plan de salvación trazado desde antiguo. Quiso y pudo apoyarse en Ella porque conocía la pureza de su corazón, la verdad del Sí pronunciado con el que aceptaba todas las consecuencias.
El sello de contraste de la fidelidad y del amor de María a Dios se manifiesta en toda su grandeza y profundidad cuando la vemos plantada como árbol vigoroso a los pies de la Cruz de su Hijo.
María es la Mujer, la Madre que "siempre permanece".
María permanece siempre disponible a la voluntad de Dios sobre Ella.
Permanece siempre al servicio de su Hijo.
María permanece al lado de Jesús, ofreciendo su apoyo maternal, cuando el Hijo es incomprendido y rechazado.
María permanece junto a Jesús cuando los demás lo abandonan.
Ella permanece siempre, en todo momento.
María permanece activamente al lado de la Iglesia naciente a la espera del envío del Espíritu Paráclito. En torno a Ella se fragua la unidad de los Apóstoles y de los discípulos del Maestro.
María permanece después de la Crucifixión, de la Resurrección y de la Ascensión de Jesús a los Cielos. Y porque la Madre permanece, permanecen la fe y la esperanza de sus hijos.
¡Qué importante para nosotros esta fidelidad de Dios! ¡Qué importante y consoladora es esta verdad de la fidelidad de María!
En Dios y en nuestra Madre siempre encontraremos el apoyo que necesitamos cuando el suelo parece abrirse debajo de nuestros pies.
En ellos encontraremos apoyo cuando las fuerzas nos abandonen.
El Señor y Maria siempre permanecerán junto a nosotros cuando nos sintamos abandonados o rechazados. ¡Jesús y María permanecen siempre a nuestro lado!
Jamás hemos de dudar en acudir a Jesús y a María en busca de la ayuda que necesitamos. Jamás debiéramos dejar de confiar en ellos. ¡Confiar siempre! ¡Confiar hasta el fin en Jesús y en María! ¡Confiar en la fidelidad de su amor por nosotros!
Aprendamos de nuestra Madre esta virtud de la fidelidad para que nuestro amor a Dios y al prójimo sea un amor verdadero y auténtico. Contemplando a María aprendemos que la fidelidad no es virtud para momentos puntuales o situaciones extremas.
¡La fidelidad no se improvisa!
El corazón fiel se va haciendo paso a paso, día a día, con la ayuda de la gracia de Dios y con la lucha personal.
Un corazón fiel es fruto de un amor que se renueva a cada instante y que va a apostando por la fidelidad en cada una de las cosas más sencillas y ordinarias del día a día. Así nos lo enseña Jesús cuando dice: "El que es de fiar en lo poco, lo es también en lo mucho. Y el que es injusto en lo poco, lo es también en lo mucho" (Lc 16, 10)
El camino de la fidelidad, al igual que el camino de la santidad, se va recorriendo paso a paso.
"Así habla el Señor: ¡Maldito el hombre que confía en el hombre y busca su apoyo en la carne, mientras su corazón se aparta del Señor! El es como un matorral en la estepa que no ve llegar la felicidad; habita en la aridez del desierto, en una tierra salobre e inhóspita. ¡Bendito el hombre que confía en el Señor y en él tiene puesta su confianza! El es como un árbol plantado al borde de las aguas, que extiende sus raíces hacia la corriente; no teme cuando llega el calor y su follaje se mantiene frondoso; no se inquieta en un año de sequía y nunca deja de dar fruto. Nada más tortuoso que el corazón humano y no tiene arreglo: ¿quién puede penetrarlo? Yo, el Señor, sondeo el corazón y examino las entrañas, para dar a cada uno según su conducta, según el fruto de sus acciones" (Jer 17, 5-10). 
Hemos de velar de continuo sobre nuestro corazón para que la infidelidad no eche raíces en nosotros.
Pidamos a María la gracia de la fidelidad y la fortaleza para que se vaya arraigando  en nuestro corazón siendo fieles a Dios, a nuestra conciencia y al prójimo en todas y cada una de las acciones y decisiones del día a día.
Fruto: La fidelidad en las cosas pequeñas

MEDIADORA DE INTERCESIÓN


Nardos


Mes de mayo
Día 31

"Seis días antes de la Pascua fue Jesús a Betania, donde estaba Lázaro, el que había estado muerto y a quien había resucitado de los muertos. Y le hicieron allí una cena; Marta servía y Lázaro era uno de los que estaban sentados a la mesa con él. Entonces María tomó una libra de perfume de nardo puro, de mucho precio, y ungió los pies de Jesús y los secó con sus cabellos; y la casa se llenó del olor del perfume.  Dijo uno de sus discípulos, Judas Iscariote hijo de Simón, el que lo había de entregar:
¿Por qué no se vendió este perfume por trescientos denarios y se les dio a los pobres?

Pero dijo esto, no porque se preocupara por los pobres, sino porque era ladrón y, teniendo la bolsa, sustraía de lo que se echaba en ella. Entonces Jesús dijo:

—Déjala, para el día de mi sepultura ha guardado esto. A los pobres siempre los tendréis con vosotros, pero a mí no siempre me tendréis". (Jn 12, 1-8)
Tenemos un único Mediador ante el Padre que es Nuestro Señor Jesucristo. Él es nuestro Mediador de Redención. "Nadie más que él puede salvarnos, pues sólo a través de él nos concede Dios a los hombres la salvación sobre la tierra" (Hech 4, 12) Lo cual no obsta para que María sea nuestra Mediadora de intercesión sin restar absolutamente nada a la única mediación de Cristo. Por el contrario, la mediación de María se apoya en la mediación de su Hijo. Ella es la Madre siempre unida al Redentor y asociada a su obra de redención y salvación de los hombres.
A través de  su mediación maternal, al interceder por nosotros está llevando a cabo el designio de Dios sobre Ella que ha querido unirla indisolublemente al Hijo y a su Obra.
Hay dos aspectos muy importantes que hemos de resaltar al contemplar a la Santísima Virgen.
El primer aspecto es la gratuidad. En esto María es reflejo de Dios que por pura gratuidad, fruto de su amor, ha creado todo cuanto existe, ha creado al género humano " a su imagen y semejanza" y lo ha redimido mediante le entrega de su Hijo.
El sentido de la gratuidad forma parte de la médula de la vida cristiana porque es una característica inherente al amor.
María es consciente en todo momento de esta gratuidad de Dios, lo que la lleva a abismarse en su pequeñez y en la grandeza del Señor que obra en Ella maravillas.
Nos atrevemos a decir que la espiritualidad de María está enraizada en esta experiencia de la gratuidad.
Ella corresponde a la inmensidad del amor gratuito de Dios entregándose enteramente, por pura gratuidad, por puro amor de Dios. No busca ser recompensada. No se mueve por ningún tipo de interés personal. Ama, sufre, se entrega plenamente y rinde a Dios el tributo de su perfecta obediencia con el único deseo de agradar a Dios y corresponder a su amor.
Este sentido de la gratuidad, o esta espiritualidad de la gratuidad que está en la raíz de todo su sentir y obrar, es lo que la mueve también a aceptar el ser Madre de la Iglesia y Madre de todos los hombres.
Ella nos ama gratuitamente y sólo por amor nos ha entregado a su hijo, nos ha concebido espiritualmente entre inenarrables sufrimientos, y continúa velando e intercediendo, sin concederse una tregua, por nuestra salvación.
Pensemos que nuestra vida cristiana, nuestra espiritualidad, no puede ser genuina ni auténtica si no vivimos a fondo el sentido de la gratuidad en nuestra relación con Dios y en nuestra relación con el prójimo.
Esta dimensión fundamental de la vida cristiana se aprende a vivir en la escuela de María. Nosotros, como nuestra Madre, hemos de pretender que nuestra vida sea como ese perfume de nardo puro derramado gratuitamente, por puro amor, sobre los pies del Maestro y sobre los pies de nuestros hermanos.
El segundo aspecto que hemos de tener siempre en cuenta como fuente de consuelo interior y como inspiración para nuestro obrar se refiere a los cuidados maternales de María.
Dios nuestro Padre cuida amorosamente de su creación entera, pero vela providencialmente con paterno amor por el género humano.
La Virgen es instrumento privilegiado en las manos de Dios para hacernos experimentar su Providencia divina. A través de Ella experimentamos el amor infinito de Dios con rasgos de ternura maternal.
Dios y María cuidan de cada uno de nosotros. Así también hemos de velar los unos por los otros. Hemos de cuidar con amor a nuestros hermanos, a todos, pero especialmente a los que más lo necesitan debido a las diversas circunstancias y trances por los que estén pasando en su vida.
Cuidar la creación que es obra de las manos de Dios, y cuidar de nuestros hermanos.
Pidamos a nuestra Madre que infunda en nuestro corazón estas dos gracias tan importantes para que vivamos como auténticos discípulos de Cristo y como verdaderos hijos de Dios.


Fruto: La gratuidad y el cuidado de la creación y de nuestros hermanos.
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